Whisky

Nunca el sabor del whisky le había sabido tan intenso. Perdida en una vorágine de carne, sudor y gemidos, notaba la lengua más sedienta que nunca, pero no le importaba lo más mínimo. Sus papilas gustativas estaban inundadas de miles de sabores maravillosos: el del aire secándole la boca, el del aliento de su amante entre respiración y respiración, la saliva mezclada con la sangre provocada por los golpes en pleno arrebato, el de las yemas de sus dedos rozándole los labios, su cabello balanceándose sobre ella… Se sentía perdida en medio del éxtasis del mundo más fantástico que era capaz de experimentar como ser humano, gozando cada mínimo instante de lujuria perversa y salvaje.

Por eso, cuando su amante se acercó a ella y le acercó la botella a los labios, pensó que iba a explotar de placer. Porque, aquel líquido tan fuerte que normalmente no podía ni oler, se le antojó más suculento que la propia ambrosía, como si hubiera explotado en ella para provocarle el más potente de los orgasmos. Ya ni la música, ni los gemidos, ni su sexo dentro de ella… El éxtasis fue el potente sabor del whisky, cayendo por su barbilla y por sus senos para mezclarse con el sudor de ambos.

Era el sabor más intenso que había probado nunca.

El fondo de la botella

Ya ni sabía por qué copa iba ya. El sabor del whisky barato le había acompañado durante tantas horas que era incapaz de recordar el de su propia boca, ni siquiera el de los incontables puros que se había fumado. ¿Por qué, por qué sentía aquella necesidad imperiosa de engullir una botella tras otra de forma tan desmedida? ¿Por qué tenía la vana esperanza de que en el fondo de aquella bomba mortal encontraría las respuestas que tanto ansiaba, el descanso para una vida torturada a base del dolor, la pérdida y la soledad? De acuerdo, el universo había sido cruel con él, horrible y despiadado, pero era uno de aquellos hombres a los que les gustaba vanagloriarse en sus incontables desgracias, aferrarse a la primera excusa para autolamentarse y convertirse en un ser todavía más patético y lamentable.

Tal vez sólo buscaba la muerte, una muerte lenta y bochornosa, del mismo modo que él lo había sido toda su vida. Peor que un insecto, sólo tenía ya el recuerdo de pasar de borrachera en borrachera noche sí, noche también. Y no llegaba el día en que no volviera a despertar de su sillón deshilachado, podrido y carcomido por la humedad. Así llevaba años, deseando que un día sus ojos no pudieran abrirse nunca más.

“Oh, mi niña. Si estuvieras aquí, papi no estaría haciendo esto…”

No le quedaba ya motivo alguno para vivir, pero no podía ni recordar el rostro de aquella por la que hubiera respirado a pesar de todas las penurias del mundo. Ya ni eso, ni el recuerdo imborrable de algo bello y hermoso, sólo manchas en el aire cada día más difusas tras botella y botella. Sólo deseaba dormir… y morir.

“¿Cuál era tu nombre, pequeña…?”

Qué más daba. Ella ya no estaba, de la misma forma en la que ya no estaba él. Sólo era un reflejo borroso tras el sucio vaso que le sustentaba desde hacía años, sin nombre ni rostro, sin familia, amigos, amor… nada. Sólo le quedaba su asquerosa botella, noche tras noche, hasta que pudiera morir en la más detestable oscuridad.

Se llenó otro vaso, y siguió bebiendo.