Caricias

El fantasma de sus caricias aún estaba vivo en ella. Sabía que no era el viento, ni la melancolía, ni tan siquiera unos recuerdos tan poderosos que se volvían reales: simplemente su amor aún seguía allí, pasados los años, y seguiría muchos más, cuando su piel suave y tersa se volviera arrugada y marchita, cuando la calidez se tornara hielo y cuando sus enormes ojos se hundieran en sus cuencas cegándola del triste mundo que la rodeaba y la había dejado sola. Porque no, no había suficiente comprensión en el mundo, ni consuelo alguno, ni palabras cariñosas que la ayudaran a olvidar aquellas dulces caricias.

Sus dedos entrelazándose entre los mechones de su pelo.

Las falanges rozando su cuero cabelludo.

Sus cálidas manos rozándole el cuello.

Y sin necesidad de decir un solo “te quiero”.

Y aunque su cuerpo permaneciera frío bajo tierra desde hacía una eternidad, ella le seguía amando, recordando a cada instante. Cada ínfimo segundo se le hacía duro perdido en su recuerdo, pero ya ni el de su rostro, ni el de su nombre, ni el de su sonrisa… Sólo sus manos. Se dejó llevar entre los susurros del aire, clamando tras una única lágrima silenciosa compasión al universo, rezando y rezando volver a sentir el calor de sus manos una última vez.

Pero ya no había nada.

Y en nada se convirtió, sólo recordando sus caricias mientras sonreía y desaparecía.