Caricias

El fantasma de sus caricias aún estaba vivo en ella. Sabía que no era el viento, ni la melancolía, ni tan siquiera unos recuerdos tan poderosos que se volvían reales: simplemente su amor aún seguía allí, pasados los años, y seguiría muchos más, cuando su piel suave y tersa se volviera arrugada y marchita, cuando la calidez se tornara hielo y cuando sus enormes ojos se hundieran en sus cuencas cegándola del triste mundo que la rodeaba y la había dejado sola. Porque no, no había suficiente comprensión en el mundo, ni consuelo alguno, ni palabras cariñosas que la ayudaran a olvidar aquellas dulces caricias.

Sus dedos entrelazándose entre los mechones de su pelo.

Las falanges rozando su cuero cabelludo.

Sus cálidas manos rozándole el cuello.

Y sin necesidad de decir un solo “te quiero”.

Y aunque su cuerpo permaneciera frío bajo tierra desde hacía una eternidad, ella le seguía amando, recordando a cada instante. Cada ínfimo segundo se le hacía duro perdido en su recuerdo, pero ya ni el de su rostro, ni el de su nombre, ni el de su sonrisa… Sólo sus manos. Se dejó llevar entre los susurros del aire, clamando tras una única lágrima silenciosa compasión al universo, rezando y rezando volver a sentir el calor de sus manos una última vez.

Pero ya no había nada.

Y en nada se convirtió, sólo recordando sus caricias mientras sonreía y desaparecía.

Sentido

He sentido el acero de tus dedos rasgando lo más profundo de mi alma.

He sentido el hierro de tus uñas arañar la fina armadura de mi piel y bañarse en la sangre con la satisfacción propia que produce el dolor ajeno.

He sentido el titanio de las yemas de tus dedos acariciar la carne como la reina de la lascivia, sonriendo ante la desesperación y el dolor de mi inmundo ser humano.

He sentido el plomo de tus falanges tocar mis huesos convertidos en polvo ante el dolor, la impotencia y la agonía de mi pobre y desdichada alma.

He sentido toda la frialdad de tu pobre y solitario corazón tocar el mío, agarrarlo como un juguete roto y apretar, despacio, muy despacio, gozando de la sensación de destruir y convertirme en un amasijo de nada, una hija sin padre ni madre, una pobre niña sin nombre.

Sabiéndome tuya, antes, ahora y después.

He sentido uranio donde antes tenía alma; cobre donde antes tenía vida… y vacío donde yacía mi maldito corazón, aquel niño sin edad alimentado de sueños y esperanzas donde lo era todo y ahora ya no es nada. Porque nada, ya no hay ni habrá nada donde hasta mi sangre hervía y palpitaba: ni el dulce calor del verano, ni el cruel frío del invierno; ni la suavidad de una caricia, ni el dolor de una puñalada; ni amor, ni odio… nada.

Y aquí yazco, en un vacío que lo es todo y a la vez es nada, mientras sigues alimentándote de mi pequeño corazón cual lobo despiadado descuartizando la oveja más débil del rebaño, riendo y aullando a la luna mientras mis ojos se pierden en la inmensidad del infinito, ojos que lo ven todo y a la vez no ven nada. Mi cuerpo puede volver a la tierra, sin dientes, carne o huesos, siendo parte de una vida más placentera de la que tuve, pero no de la que fue soñada. Mas mi alma, despedazada en miles de fragmentos, se encontrará perdida eternamente en el viento, en las agujas de los pinos, en las raíces más antiguas que el propio ser humano, en cada guijarro y cada gota de lluvia. Que busque el siguiente entonces: yo dormiré, sí, dormiré en un letargo eterno, sin dolor ni pasión, sin odio y sin amor, sin decepciones ni esperanzas… Hasta el mismo día en que recuerde mi nombre y alguien me alimente con su propio corazón arrancado del pecho con sus propias manos, ofreciendo en sacrificio aquello que los propios y necios humanos solemos llamar “amor”…

He sentido el fuego de tu alma en la mía como una sola…

Y ahora ya no sentiré… nunca más.