Whisky

Nunca el sabor del whisky le había sabido tan intenso. Perdida en una vorágine de carne, sudor y gemidos, notaba la lengua más sedienta que nunca, pero no le importaba lo más mínimo. Sus papilas gustativas estaban inundadas de miles de sabores maravillosos: el del aire secándole la boca, el del aliento de su amante entre respiración y respiración, la saliva mezclada con la sangre provocada por los golpes en pleno arrebato, el de las yemas de sus dedos rozándole los labios, su cabello balanceándose sobre ella… Se sentía perdida en medio del éxtasis del mundo más fantástico que era capaz de experimentar como ser humano, gozando cada mínimo instante de lujuria perversa y salvaje.

Por eso, cuando su amante se acercó a ella y le acercó la botella a los labios, pensó que iba a explotar de placer. Porque, aquel líquido tan fuerte que normalmente no podía ni oler, se le antojó más suculento que la propia ambrosía, como si hubiera explotado en ella para provocarle el más potente de los orgasmos. Ya ni la música, ni los gemidos, ni su sexo dentro de ella… El éxtasis fue el potente sabor del whisky, cayendo por su barbilla y por sus senos para mezclarse con el sudor de ambos.

Era el sabor más intenso que había probado nunca.

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Deseo

Sólo necesitaba un poco más de carmín.

Estaba prácticamente lista: había pasado las dos últimas horas acicalándose, lavándose y depilándose, cepillando sus abundantes rizos rojos de manera que cada movimiento incitara a los más oscuros deseos de un hombre, perfumándose hasta dejar una ráfaga almizclada allá por donde pasara, eligiendo la lencería más provocativa y el vestido más ceñido y sinuoso que encontrara en su armario. Y se había maquillado delicadamente ante el espejo como si se tratara de un ritual religioso, el más sagrado que había para una mujer como ella: cada pincelada en sus ojos le otorgaba la visión de escenas lascivas que se ocurrirían en tan sólo unas horas, cada uña pintada de rojo era un gemido de placer que resonaba en su mente con el eco más profundo, cada toque de colorete era una gota de sudor que recorrería sus pechos perdidos en el inminente orgasmo…

Sólo necesitaba un poco más de carmín.

Porque eso es lo que era ella, la representación del pecado original hecho carne y deseo, sangre hirviendo por las venas de los hombres y mujeres, una imagen tan lujuriosa que sólo podía encontrarse en los recovecos más profundos y ocultos de la mente del ser humano. No tenía nombre, ni edad, ni tierra, sólo veneno en la racionalidad de la mente del animal más fuerte. Maquilló sus labios despacio, casi con veneración, excitándose sólo con la similitud de lo que acontecería aquella noche, con el color de la sangre en su rostro. Sí, eso es lo que deseaba más que nada, pasar como una fantasía etérea en la piel de sus amantes y desvanecerse en la noche, difuminada entre los sueños y la realidad. No necesitaba amistad, no necesitaba amor… Sólo una noche de placer más para recordarse que ella era la llama eterna de la lujuria.

Y si le preguntaban, no tenía nombre alguno.

Sólo Deseo.

Sólo necesitaba un poco más de carmín.

El Circo de lo Grotesco

Hola a todos! Después de ir actualizando un poco el contenido de Vacua Anima, hoy os traigo una entrada con imagen propia de la mano de Javier Loba (fotografía) y Gemma Manuel Santinyo (ilustración). Muchas gracias por esta fantástica colaboración! Saludos!

http://www.javierloba.com/

http://santinyo.blogspot.com/

 

¿Qué es esta locura?

Lo único que veo son las altas paredes con el papel descolorido y enmohecido elevándose hasta el techo como largas patas de araña, temblando ante mi paso. El suelo de madera está podrido, podrido, podrido, rechinando y crujiendo bajo mis pies como un monstruo terrorífico, como una mujer siendo acuchillada y cercenada. Incluso las cucarachas y las ratas huyen de este agujero, escondiéndose bajo mi vestido y escalando por mis piernas hasta refugiarse en mi sexo.

Dios, Dios mío, ¿qué es este lugar?

Todo tiembla, retumba y chilla. Hay algo en este lugar, un monstruo, una deformidad del tiempo que grita a lo más profundo de la oscuridad que tiene hambre, que necesita carne humana para saciar su deseo. Me siente, me huele, sabe que estoy aquí cerca. El hedor de mi humanidad le llega, se relame al olerme aunque sea de lejos, babea con los restos de carnaza aún frescos entre sus dientes.

Dios, Dios mío, sácame de aquí.

La puerta cae con un sonoro estruendo, levantando el polvo de miles de cadáveres de muchísimos años atrás. Las ratas y las cucarachas ya no pueden esconderse más y huyen, gritando poseídas por las almas de otros desgraciados como yo. Y ahí se alza, una criatura monstruosa, de largos brazos y garras, cuerpo enjuto y cabeza gigantesca, los ojos ciegos, largos dientes negros, cabello grasiento y labios de carne descompuesta. Detrás de él aparecen mujeres con la cara tapada, pechos desnudos y largas faldas de colores que no dejan ver nada más. El monstruo se acerca a mí, hambriento.

Sácame de aquí, quién quiera que seas.

Y entonces ella aparece, como un ángel salvador. Una hermosa mujer más blanca que la porcelana, de suntuosos labios rojos, largo cabello oscuro, ojos negros como la noche y una desnudez envidiable a la de cualquier dios existente. Incluso siendo una mujer la deseo, anhelo poseerla.

¿Quién eres, cuál es tu nombre?

Se acerca a mí lentamente, con su perfecto cuerpo a la vista, deslumbrándome como la luz a una polilla. Me acaricia el rostro con sus manos, sonríe dulcemente y, acercándose lentamente a mi oído, me susurra:

-Bienvenido al Circo de lo Grotesco.

Las bailarinas me rodean, jugueteando con sus brazos en el aire y riendo sin parar. Intento huir, pero de repente sus brazos se alargan, se alargan y alargan sin parar, dejándome sin salida. Empiezan a danzar a mi alrededor, entonando alguna canción de locura. El monstruo que las acompaña empieza a aullar al cielo, excitado por el futuro olor a matanza.

Mi nombre, aúlla mi nombre empapado en sangre.

Y la mujer vuelve a acercarse, sonriendo con unos colmillos amarillos, afilados para cortar carne humana. Sus piernas crecen y crecen, elevándose hasta el techo. Se inclina hacia mí, tocando su espalda el techo, gigantesca y terrorífica. Y sonríe todavía más, con las pupilas dilatadas al mirarme y abriendo sus enormes fauces.

-Eres la carne que me mantendrá joven.

Padre

Nuevo relato, algo diferente al resto y de una única entrada también. Éste fue concebido con Chop Suey de System of a Down de fondo, espero que os guste.

Saludos.

 

Una mujer, una pobre y desdichada mujer llorando al fondo de una habitación pequeña, oscura y sombría. De rodillas junto a su lecho, con la cabeza escondida entre las manos, el pelo cayendo en mechones lacios sobre su rostro ya arrugado, con los dedos como garras afiladas y hurañas, entumecidas por el tiempo y el dolor, apenas iluminado su raquítico cuerpo, enjuto y marchito por culpa de la vejez imperdonable, por la luz que venía del exterior, de aquel mundo de luces y colores tan bellas que la hacían a ella, despojo de la belleza humana, un ser infecto más horroroso de lo que ya la condenaba aquél que amaba. Porque el resto del mundo, a diferencia de ella, había evolucionado segundo tras segundo en algo más bello, fuerte e imperecedero. Ella, sin embargo, era algo más caduco que las flores de verano.

Tenía miedo; su mundo se había transformado en una esfera de terror incesable que no se detenía ni siquiera ante sus llantos de desgraciada, ni ante sus lágrimas ácidas ni sus gritos desgarradores. Temía la luz del Sol por mostrar las debilidades de su cuerpo, temía el calor humano, pues no hacía más que recordarle con su sola presencia cuán inmunda era ella, pero sobre todo odiaba el anochecer, porque era cuando él la acechaba, cuando la dominaba bajo la furia de sus puños.

Oyó la puerta, le oyó entrar. Se encogió más de pavor y de miedo, pues sabía cuán fuerte era el odio de ese hombre. Antaño fue la criatura más bella, más dulce, más conmovedora y más bondadosa del mundo. ¿Cómo imaginar que algo tan puro se convertiría en la mayor de sus maldiciones?

Una plegaria muda apareció entonces en su mente, algo insólito que jamás había ocurrido; intentó rezar a un Dios, a un ente imaginario de su memoria que pudiera ayudarla y salvarla de aquel Infierno particular que la estaba trastocando. Unas palabras vinieron a su mente como traídas por aquella fantasía embriagadora.

“Suplica, hija mía, pero solamente tus propias manos pueden llevarte a la salvación. Encomiéndate a mí, a mi fe y a mis creencias, y yo te otorgaré esa fuerza y esa decisión”.

“Padre…” pensó, recibiendo un golpe que la lanzó contra la pared.

“Encomiéndate”.

“Padre…”

“A mis brazos, hija mía”.

“Padre…padre…”

“Yo te daré la fe”.

“A ti encomiendo mi espíritu…por los siglos de los siglos…”

“En el momento en que los ángeles merezcan morir”.

“Padre…te encomiendo mi alma…”

“Cuando el último ángel muera…”

“Padre…”

“Tú serás condenada al Infierno”

La mujer, con una fuerza que no hubiera reconocido suya ni en sus años de juventud, se levantó airosa del suelo, donde su sangre fresca caía creando el charco de su impotencia, y se encaró a él. El otro, confundido, no tuvo tiempo de reaccionar, sólo pudo quedarse mirando a su pobre y desdichada víctima con una mueca de estupidez latente. La mujer, renovada por las fuerzas de su Dios, agarró al hombre y, en un acto de desesperación, lo empujó contra la ventana abierta. Éste, todavía con la sorpresa correteando entre sus venas, no comprendió lo que ocurría, pero el intento de aferrarse a la vida supera a los instintos; desesperado, se agarró a la mujer que, aunque sorprendida, no intentó ofrecer resistencia y se dejó llevar, dejando escapar una única lágrima por sus ojos cerrados. Cayó ligera, cual pluma de paloma al vacío, ignorando el dolor futuro, ese fin inevitable que se sucedería en tan sólo unos segundos. Recordó las palabras evocadas hacía un instante en su cabeza.

“Cuando el último de los ángeles muera, tú serás condenada al Infierno”.

“Dios, mi Dios; sólo rezo para que, a diferencia de la tierra de los hombres, los cielos no estén plagados de almas corruptas como la suya o la mía”.

Ambos cayeron, chocando en el suelo él con estrépito, ella casi insonora. En el rostro de aquella mujer ya no había miedo, ni congoja, ni pánico: la expresión dulce de su cara, calma y relajada le otorgaba una paz indescriptible, única. Incluso muerta unos instantes antes, en su mente siguió rezando.

“Padre, a ti encomiendo mi alma…padre…”