Ojos negros

He visto el mundo en la oscuridad de tus ojos negros. Bello, etéreo, inalcanzable. Millones de estrellas como metáforas de cada vida existente en ellos, brillantes y profundas; nebulosas flotantes como los ríos y los mares; meteoritos ardientes como temibles volcanes; lunas con enormes cráteres como montañas… Todo eso veo en la profundidad de tus ojos negros, inmutable ébano en la inmensidad de la existencia. El infinito, la caducidad vuelta inmortalidad por lo magnífico de la vida…

Deseo con locura perderme en tus ojos negros. Poseerlos, amarlos y adorarlos como antaño se adoraban a los antiguos dioses. Porque no hay nada más que anhele: ni el amor, ni la sabiduría, ni tan siquiera la vida eterna. Sólo tus bellos ojos negros y la llama ardiente que veo en ellos.

Porque serás vida y muerte al mismo tiempo, amor y odio, bien y mal.

Y yo tu esclavo enfermo.

Caricias

El fantasma de sus caricias aún estaba vivo en ella. Sabía que no era el viento, ni la melancolía, ni tan siquiera unos recuerdos tan poderosos que se volvían reales: simplemente su amor aún seguía allí, pasados los años, y seguiría muchos más, cuando su piel suave y tersa se volviera arrugada y marchita, cuando la calidez se tornara hielo y cuando sus enormes ojos se hundieran en sus cuencas cegándola del triste mundo que la rodeaba y la había dejado sola. Porque no, no había suficiente comprensión en el mundo, ni consuelo alguno, ni palabras cariñosas que la ayudaran a olvidar aquellas dulces caricias.

Sus dedos entrelazándose entre los mechones de su pelo.

Las falanges rozando su cuero cabelludo.

Sus cálidas manos rozándole el cuello.

Y sin necesidad de decir un solo “te quiero”.

Y aunque su cuerpo permaneciera frío bajo tierra desde hacía una eternidad, ella le seguía amando, recordando a cada instante. Cada ínfimo segundo se le hacía duro perdido en su recuerdo, pero ya ni el de su rostro, ni el de su nombre, ni el de su sonrisa… Sólo sus manos. Se dejó llevar entre los susurros del aire, clamando tras una única lágrima silenciosa compasión al universo, rezando y rezando volver a sentir el calor de sus manos una última vez.

Pero ya no había nada.

Y en nada se convirtió, sólo recordando sus caricias mientras sonreía y desaparecía.

El fondo de la botella

Ya ni sabía por qué copa iba ya. El sabor del whisky barato le había acompañado durante tantas horas que era incapaz de recordar el de su propia boca, ni siquiera el de los incontables puros que se había fumado. ¿Por qué, por qué sentía aquella necesidad imperiosa de engullir una botella tras otra de forma tan desmedida? ¿Por qué tenía la vana esperanza de que en el fondo de aquella bomba mortal encontraría las respuestas que tanto ansiaba, el descanso para una vida torturada a base del dolor, la pérdida y la soledad? De acuerdo, el universo había sido cruel con él, horrible y despiadado, pero era uno de aquellos hombres a los que les gustaba vanagloriarse en sus incontables desgracias, aferrarse a la primera excusa para autolamentarse y convertirse en un ser todavía más patético y lamentable.

Tal vez sólo buscaba la muerte, una muerte lenta y bochornosa, del mismo modo que él lo había sido toda su vida. Peor que un insecto, sólo tenía ya el recuerdo de pasar de borrachera en borrachera noche sí, noche también. Y no llegaba el día en que no volviera a despertar de su sillón deshilachado, podrido y carcomido por la humedad. Así llevaba años, deseando que un día sus ojos no pudieran abrirse nunca más.

“Oh, mi niña. Si estuvieras aquí, papi no estaría haciendo esto…”

No le quedaba ya motivo alguno para vivir, pero no podía ni recordar el rostro de aquella por la que hubiera respirado a pesar de todas las penurias del mundo. Ya ni eso, ni el recuerdo imborrable de algo bello y hermoso, sólo manchas en el aire cada día más difusas tras botella y botella. Sólo deseaba dormir… y morir.

“¿Cuál era tu nombre, pequeña…?”

Qué más daba. Ella ya no estaba, de la misma forma en la que ya no estaba él. Sólo era un reflejo borroso tras el sucio vaso que le sustentaba desde hacía años, sin nombre ni rostro, sin familia, amigos, amor… nada. Sólo le quedaba su asquerosa botella, noche tras noche, hasta que pudiera morir en la más detestable oscuridad.

Se llenó otro vaso, y siguió bebiendo.

Planeta Infierno

Buenas a todos. He recuperado esta pequeña reliquia que tenía olvidada desde hacía algún tiempo pero, por cosas del destino, he vuelto a releer hoy después de mucho y mucho tiempo. Os dejo este pequeño relato para que lo disfrutéis vosotros también.

Saludos!

Todo retumbaba. El chico corrió por la tierra árida cubierta de ébano, desesperado por encontrar a alguien que pudiera detener aquel desastre. Las montañas negras que se alzaban en la lejanía estaban cubiertas de nubes oscuras, del mismo color que las rocas que se interponían en su frenética carrera. La falta de aliento le provocaba pinchazos en el pecho, incrementando su desesperación como un torrente desbordado. El mundo se precipitaba a su destrucción, y él estaba solo.

 

Fuego de azabache.

 

La tierra tembló con más fuerza, con tal intensidad que el chico se detuvo y su cubrió el rostro con los brazos. La temperatura había subido de manera desbordante. Una explosión tronó ante él, elevando las rocas por los aires, que fueron precedidas por torrentes de lava que se desperdigaron por la tierra. Y luego otra, y otra, y otra más. El cielo en seguida adoptó un tono rojizo mientras todo el paisaje era bañado por el fuego líquido. El muchacho intentó huir, pero estaba rodeado. Fue entonces cuando la vio.

 

El único pilar hecho de rocas negras que las llamas no podían alcanzar se cernía a su derecha, burlándose de las montañas. Sobre él se encontraba una mujer sumamente bella, de cabellos más oscuros que el cielo y tez más blanca que la olvidada nieve. Se encontraba de pie, con los ojos cerrados, ondeando los brazos hacia el cielo como si practicara una última danza, mientras su vestido negro bailaba con ella. A cada movimiento que ella hacía, surgía una nueva explosión de la tierra. Pero el chico no podía apartar los ojos de ella, viéndola bailar.

 

Dama de ébano.

 

Llegaron entonces las lluvias de fuego; enormes llamas rojas empezaron a caer de los cielos al son del baile de la mujer, que no parecía darse cuenta de lo que ocurría. El fuego que caía engullía la tierra que la lava no podía devorar con su ansia desmedida, aniquilando toda mínima esperanza de vida. El cabello negro ondeaba incluso más fluido que las llamas, moviéndose por doquier como un viento hecho de oscuridad y de ébano. La piel blanca parecía tornarse roja, y sus labios carnosos suculentos manjares intocables. Aquella dama era la personificación del deseo en un mundo ya condenado.

 

Pecado oscuro.

 

La dama, todavía sin abrir los ojos y con una mueca de placer, alzó los brazos al cielo, intentando agarrar un algo inexistente. Poco a poco separó sus labios, y desde el fondo de su garganta empezaron a surgir notas claras que hechizaron el fuego, obligándolo a bailar sinuosamente como ella. De la oscuridad que la envolvía sólo podía distinguirse su sinuosa piel. Y esa clara voz se tornó clara y poderosa, acrecentando el caos a su alrededor.

 

“Canta…” pensó el muchacho “. Canta el fin del mundo”.

 

La dama bailó todavía con más énfasis, como si un espíritu maldito se hubiera apoderado de su cuerpo. La voz se alzó por encima de los chillidos de la lluvia de fuego, perforando las entrañas de la tierra y consumiéndola como un dulce veneno. Aquella mujer, aquella criatura maldita, era la perdición del mundo que el muchacho conocía. Sin embargo, no podía dejar de mirarla bailar.

 

Deseo negro.

 

Fue entonces cuando abrió los ojos: sus pupilas eran fuego, mucho más rojo e intenso que aquél que descendía de los cielos y que aquél que ascendía de la tierra. Se volvió a toda velocidad hacia el muchacho, deteniendo su baile y su danza ante una criatura aterrada. Aquellos ojos eran peligrosamente seductores, hijos de la lujuria y la carne. Antes de que se diera cuenta, la dama estaba ante él, agarrándole el rostro con ambas manos suavemente y levitando. El chico tragó saliva, intentando reprimir el incontrolable deseo que le producía aquella mujer. Ésta separó sus labios y sólo dijo una cosa:

 

“Bienvenido a las profundidades de mi Planeta Infierno”.

 

Todo estalló entonces. Las rocas alrededor del chico volaron por los aires, creando innumerables fuentes de lava que en seguida se convirtieron en una celda de fuego incandescente. El muchacho se cubrió el rostro, sobrecogido por las altas temperaturas. Su muerte estaba cercana.

 

El chico abrió los ojos, cayendo en al cuenta de que la dama había desaparecido. La vislumbró fuera del círculo, observándole como una diosa de la oscuridad. Atemorizado, observó cómo de la espalda de la dama surgían unas alas gigantescas hechas de huesos blancos, que luego ardieron en llamas. La mujer se elevó hasta el pilar de roca negra y se volvió hacia él, observándole desde las alturas como un vulgar insecto. Desde la tierra, el muchacho observó a la dama, inalcanzable, rodeada por aquel infierno en llamas. Entonces ella sonrió por primera y última vez, mostrando una mueca dominada por la locura y la satisfacción.

 

“Bienvenido a la tierra de los hombres”.

 

Y, entre gritos de agonía y carcajadas de locura, nació el Planeta Infierno.

 

Memorias

Escribimos constantemente nuestras memorias. A través de papel, con suaves olores y tinta fresca manchando nuestros dedos; en piedra, datando fechas y nombres con el inicio de una efímera vida y una banal muerte que caducará en la mente de aquellos que nos conocieron cuando ellos mismos posean su propia lápida; en forma de esculturas, de bellas formas sensuales e irreales que nos incitan a los más mortíferos pecados; de grandes obras arquitectónicas que nos ofrecen la amarga panacea de una magnificencia eterna; de bellos cuadros con colores más brillantes y perfectos que nuestra propia existencia; de grandes hazañas que perduran a lo largo de los siglos en la historia del ser humano, sin saber apenas nada más que un año, una identidad y un lugar; de crímenes monstruosos que convierten nuestro nombre en las más terribles pesadillas…

Y luego, ¿qué queda? Un rostro empañado por el tiempo que ni tan siquiera hace justicia a lo que en algún momento en vida llegamos a ser, sin nuestras inquietudes o conocimientos de la mente humana; una idea, una teoría que pocos serán capaces de comprender; un hecho sobre el cual los zapatos del ser humano caminará sin tan siquiera conocer sobre qué pisa su banal existencia; una leyenda que correrá de boca en boca mientras se va deformando a lo largo de los años hasta adoptar una forma tan abstracta como nuestras mentes; una deidad carnal, un cuerpo caduco de vida eterna más allá del infinito…

Sí, el ser humano desea, anhela fervientemente con todas sus fuerzas escribir sus memorias de una forma u otra para que las generaciones venideras recuerden su nombre con tal de obtener una vida eterna más grande que la de los propios dioses. Por eso nosotros, aquellos que ya poseemos la inmortalidad, el ansiado Pecado Original de vuestra estúpida psique, nos reímos de vosotros.

Somos la leyenda viva, la propia eternidad, y las grandes memorias que nunca llegaréis a ser.

¿Para qué relatar, al fin y al cabo, una existencia milenaria como la nuestra, cuando somos capaces de recordar?

Padre

Nuevo relato, algo diferente al resto y de una única entrada también. Éste fue concebido con Chop Suey de System of a Down de fondo, espero que os guste.

Saludos.

 

Una mujer, una pobre y desdichada mujer llorando al fondo de una habitación pequeña, oscura y sombría. De rodillas junto a su lecho, con la cabeza escondida entre las manos, el pelo cayendo en mechones lacios sobre su rostro ya arrugado, con los dedos como garras afiladas y hurañas, entumecidas por el tiempo y el dolor, apenas iluminado su raquítico cuerpo, enjuto y marchito por culpa de la vejez imperdonable, por la luz que venía del exterior, de aquel mundo de luces y colores tan bellas que la hacían a ella, despojo de la belleza humana, un ser infecto más horroroso de lo que ya la condenaba aquél que amaba. Porque el resto del mundo, a diferencia de ella, había evolucionado segundo tras segundo en algo más bello, fuerte e imperecedero. Ella, sin embargo, era algo más caduco que las flores de verano.

Tenía miedo; su mundo se había transformado en una esfera de terror incesable que no se detenía ni siquiera ante sus llantos de desgraciada, ni ante sus lágrimas ácidas ni sus gritos desgarradores. Temía la luz del Sol por mostrar las debilidades de su cuerpo, temía el calor humano, pues no hacía más que recordarle con su sola presencia cuán inmunda era ella, pero sobre todo odiaba el anochecer, porque era cuando él la acechaba, cuando la dominaba bajo la furia de sus puños.

Oyó la puerta, le oyó entrar. Se encogió más de pavor y de miedo, pues sabía cuán fuerte era el odio de ese hombre. Antaño fue la criatura más bella, más dulce, más conmovedora y más bondadosa del mundo. ¿Cómo imaginar que algo tan puro se convertiría en la mayor de sus maldiciones?

Una plegaria muda apareció entonces en su mente, algo insólito que jamás había ocurrido; intentó rezar a un Dios, a un ente imaginario de su memoria que pudiera ayudarla y salvarla de aquel Infierno particular que la estaba trastocando. Unas palabras vinieron a su mente como traídas por aquella fantasía embriagadora.

“Suplica, hija mía, pero solamente tus propias manos pueden llevarte a la salvación. Encomiéndate a mí, a mi fe y a mis creencias, y yo te otorgaré esa fuerza y esa decisión”.

“Padre…” pensó, recibiendo un golpe que la lanzó contra la pared.

“Encomiéndate”.

“Padre…”

“A mis brazos, hija mía”.

“Padre…padre…”

“Yo te daré la fe”.

“A ti encomiendo mi espíritu…por los siglos de los siglos…”

“En el momento en que los ángeles merezcan morir”.

“Padre…te encomiendo mi alma…”

“Cuando el último ángel muera…”

“Padre…”

“Tú serás condenada al Infierno”

La mujer, con una fuerza que no hubiera reconocido suya ni en sus años de juventud, se levantó airosa del suelo, donde su sangre fresca caía creando el charco de su impotencia, y se encaró a él. El otro, confundido, no tuvo tiempo de reaccionar, sólo pudo quedarse mirando a su pobre y desdichada víctima con una mueca de estupidez latente. La mujer, renovada por las fuerzas de su Dios, agarró al hombre y, en un acto de desesperación, lo empujó contra la ventana abierta. Éste, todavía con la sorpresa correteando entre sus venas, no comprendió lo que ocurría, pero el intento de aferrarse a la vida supera a los instintos; desesperado, se agarró a la mujer que, aunque sorprendida, no intentó ofrecer resistencia y se dejó llevar, dejando escapar una única lágrima por sus ojos cerrados. Cayó ligera, cual pluma de paloma al vacío, ignorando el dolor futuro, ese fin inevitable que se sucedería en tan sólo unos segundos. Recordó las palabras evocadas hacía un instante en su cabeza.

“Cuando el último de los ángeles muera, tú serás condenada al Infierno”.

“Dios, mi Dios; sólo rezo para que, a diferencia de la tierra de los hombres, los cielos no estén plagados de almas corruptas como la suya o la mía”.

Ambos cayeron, chocando en el suelo él con estrépito, ella casi insonora. En el rostro de aquella mujer ya no había miedo, ni congoja, ni pánico: la expresión dulce de su cara, calma y relajada le otorgaba una paz indescriptible, única. Incluso muerta unos instantes antes, en su mente siguió rezando.

“Padre, a ti encomiendo mi alma…padre…”

Forever Yours

Nuevo relato en el blog, aprovechando antes de que volvamos a retomar el proyecto de Vacua Anima. Ésta vez, sólo una publicación.

Saludos!

 

La dama miró a las profundidades, con expresión perdida. A sus pies, el mar oscuro parecía no finalizar jamás, perdiéndose en las mayores entrañas de la tierra mientras en su interior nadaban los monstruos marinos más aterradores. El reflejo de la luna llena cubría a alguna de esas criaturas, iluminando el lugar como las millones de estrellas que salpicaban los cielos. Balanceó uno de sus pies, mientras restos de runa caían al mar rompiendo su impecable armonía. Agarrada al muro de piedra, suspiró por su anhelada libertad.

 “Me las arrancaron…”

 Se volvió y empezó a bajar las escaleras poco a poco, observando el lugar. Las ruinas destruidas de lo que antes fue su antiguo castillo estaban cubiertas por la mano naturaleza, con hierba y tierra por doquier mientras las enredaderas escalaban sin cesar por los restos de los muros. Los largos pasillos eran ahora apenas un par de rocas, los altos techos habían desaparecido, las estatuas no eran ya más que polvo… y ella, una princesa de leyenda.

 “Mis alas de plata…”

 Recorrió los antiguos corredores, evocando las antiguas cristaleras y cada piedra de los cálidos muros. Las risas de los habitantes recorrieron su memoria con paso fugaz, como el vuelo casual de un ave que se ha perdido. Su eco dejó rastro de arenisca en su mente como una mancha imborrable, como la firma de su sentencia a la eterna soledad.

 “Tu beso etéreo…”

 Siguió caminando, mientras las risas daban paso a las melodías de su niñez. Una canción de fantasía, unas notas soñadoras de melancolía. Aprendió a cantar bajo aquellas notas interpretadas por un solitario laúd, dibujándose en su mente cuentos de hadas de antaño. Imaginó sus alas cristalinas, provocando un reflejo semiopaco propio de sueños irreales.

 “Lo echo de menos…”

 Pasó por los jardines donde ya no quedaban más que flores mustias y árboles podridos. Donde antaño pájaros cantaban ahora descansaban en paz eterna cadáveres imperecederos, entre las malas hierbas sólo crecían dos pequeñas rosas solitarias que agarró sin detener su avance, ignorando las espinas calvándose en su piel y derramando pequeñas gotas de sangre que rociaron el suelo invicto. Con la mano ensangrentada, soñadora, avanzó con decisión.

 “Tu carne…”

 Llegó finalmente a los restos del cementerio del palacio. Las viejas tumbas habían desfallecido junto con sus protegidos, erosionándose por los golpes del tiempo hasta convertirse en poco más que arena antigua. Ni ellas, ni las cruces, ni las estatuas de los ángeles habían logrado vencer la maldición que reinaba sobre aquellas tierras. Apenas unos huesos, unas calaveras sonrientes y unas manos alargando los dedos hacia los cielos, habían logrado permanecer enterrados en la tierra. Pero ella no se detuvo, siguió caminando hacia su destino.

 “…antaño tan cálida…”

 Los restos de aquel pequeño mausoleo luchaban por persistir más de lo que lo había hecho el resto del lugar, aunque no había logrado evitar ganarse sus propias cicatrices: los ángeles guardianes de las puertas estaban mutilados, ciegos y con lágrimas huecas. La luz de la luna bañaba el interior de la estancia, pues las bóvedas se habían rendido en la eterna batalla. Subió los escalones, sin vacilar, pasando junto a los cadáveres de aquellas estatuas. Ralentizó el paso al entrar, observando el interior con expresión soñadora. Su príncipe, su amado de ensueño, tumbado en una cama de piedra con el cuerpo embalsamado.

 “…mía eternamente…”

 Observó su rostro, bañado por la luz blanca celestial. Su expresión era tan plácida que siempre se planteaba la duda de que en realidad permaneciera dormido. Entre sus manos, cerradas sobre su pecho, descansaban unos lirios ya marchitos. Con cuidado la dama los arrancó de sus dedos y los lanzó al suelo, donde los otros cadáveres florales que habían custodiado el de su amado llevaban presenciando aquel encuentro. Colocó entre sus manos artificiales las dos rosas manchadas de su sangre, perforando su carne muerta.

 “… y yo por siempre…”

 Con calma, se volvió hacia la daga con la que habían galardonado a su caballero. La agarró con calma, observando la luz de la luna reflejada en ella. El día que ella tanto había anhelado había llegado por fin…

 “…con mis huesos transformados en polvo…”

 La sangre salpicó como un torrente el cuerpo de su enamorado, tiñendo sus manos, rostro y ropajes de escarlata. Las rosas se volvieron relucientes antes de que la dama cayera sobre ellas, posando sus labios sobre sus pétalos. Los cabellos negros se esparcieron sobre el pecho de su amado como una cascada de ébano, mientras su propia sangre manchaba la piel blanca. Cerró los ojos, sonriendo.

 “…perdidos en tus manos…”

 En un castillo donde nadie nunca jamás habría respirado, la princesa dejó ir su último suspiro en los brazos muertos de su amado embalsamado.

 “…eternamente tuya…”