Ojos negros

He visto el mundo en la oscuridad de tus ojos negros. Bello, etéreo, inalcanzable. Millones de estrellas como metáforas de cada vida existente en ellos, brillantes y profundas; nebulosas flotantes como los ríos y los mares; meteoritos ardientes como temibles volcanes; lunas con enormes cráteres como montañas… Todo eso veo en la profundidad de tus ojos negros, inmutable ébano en la inmensidad de la existencia. El infinito, la caducidad vuelta inmortalidad por lo magnífico de la vida…

Deseo con locura perderme en tus ojos negros. Poseerlos, amarlos y adorarlos como antaño se adoraban a los antiguos dioses. Porque no hay nada más que anhele: ni el amor, ni la sabiduría, ni tan siquiera la vida eterna. Sólo tus bellos ojos negros y la llama ardiente que veo en ellos.

Porque serás vida y muerte al mismo tiempo, amor y odio, bien y mal.

Y yo tu esclavo enfermo.

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Las Gemelas de Claymore’s Ville (III)

Tercera y última parte del relato de Las gemelas de Claymore’s Ville. No sé si habré creado expectación suficiente para el final, espero que os guste.

Saludos.

Parte III

Llegaron finalmente al peñasco más alto de la costa, desde donde se veían las olas morir contra las rocas mientras el olor a sal inundaba todo lo que se encontraba a su alrededor. La inmensidad del océano se cernía ante ellas, oscuro, imponente, maligno, como había resultado ser aquél al que le debían la fe y las esperanzas. Sabían lo que significaba aquella visión, aquel paisaje desolador…

– Gabriela…

– Sophie…

– No saldremos vivas de aquí, ¿verdad?

Gabriela miró al horizonte, incapaz de responder a su hermana. Conocía la respuesta, pero tenía miedo de pronunciarla en voz alta porque ello significaría no sólo firmar su propia sentencia, sino la de aquella a la que amaba.

– Perdóname… por todo…

– Gabriela…

La hermana mayor empezó a llorar, horrorizada por el cruel destino que las amparaba. Empezó a odiar, a odiar a la anciana que las había delatado por creerse una justiciera de su Señor, a odiar a la gente del pueblo que había decidido condenarlas por un amor que consideraban propio de paganos, a odiarse a sí misma por haber condenado a aquella a la que tanto quería…

– No somos tan distintas… – sollozó -. ¿Por qué nos hacen esto…? Yo sólo… yo sólo te amo…

Sophie se acercó a su hermana y la abrazó, cayendo de rodillas, mientras ambas lloraban sobre los hombros de su amada. El agua del mar las salpicó, mientras ellas a su vez salpicaban el mar con sus lágrimas oscuras. Todos lloraban, aquella noche todo el mundo lloró…

Se volvieron hacia el camino que habían recorrido. Los aldeanos las estaban alcanzando, listos para ejecutarlas de la manera más cruel que se les ocurriera en sus pérfidas mentes. Las hermanas se miraron, asumiendo el destino que llevaban escritas las páginas de su vida.

– Te amo, Sophie…

– Te amo, Gabriela…

Ambas juntaron los labios en un último beso, cálido y tierno, incapaz siquiera de transmitir sus sentimientos a alguien que no los compartiera. Se habían amado en vida, solas, y morirían amándose, de nuevo solas…

“Tal vez nadie llegue a entendernos nunca”.

“Ni humanos, ni ángeles, ni demonios”.

“Pero nuestras almas seguirán amándose…”

“Eternas…”

“Etéreas…”

“Hasta el final de los tiempos…”

“Nuestra historia de amor es una historia de amor cualquiera…”

“Sólo cambian sus protagonistas…”

“Liberación”.

Los aldeanos corrieron, pero no llegaron a tiempo. Cuando llegaron al nivel del peñasco, ambas hermanas, abrazadas, les observaron sin ningún tipo de expresión en el rostro, y saltaron al vacío. Flotaron en el aire como ángeles con las alas arrancadas, como se creían que habían llegado a Claymore’s Ville en su nacimiento, castigadas por el mismo Dios, para finalmente caer en el abismo oceánico y desaparecer por siempre. Ni siquiera en el último instante, en el que chocaron contra las rocas y sus huesos crujieron para estallar en millones de pedazos, se soltaron. Sus brazos quedaron enredados en una maraña confusa, mientras sus cabellos dorados se mezclaban en una cascada parecida a los rayos del Sol. Las lágrimas permanecieron siempre secas en sus mejillas, pintadas de color rojo, testimonio de su dolor y sufrimiento.

Las gemelas de Claymore’s Ville… Fueron víctima de la mayor de las locuras.

 

El amor eterno…