Ojos negros

He visto el mundo en la oscuridad de tus ojos negros. Bello, etéreo, inalcanzable. Millones de estrellas como metáforas de cada vida existente en ellos, brillantes y profundas; nebulosas flotantes como los ríos y los mares; meteoritos ardientes como temibles volcanes; lunas con enormes cráteres como montañas… Todo eso veo en la profundidad de tus ojos negros, inmutable ébano en la inmensidad de la existencia. El infinito, la caducidad vuelta inmortalidad por lo magnífico de la vida…

Deseo con locura perderme en tus ojos negros. Poseerlos, amarlos y adorarlos como antaño se adoraban a los antiguos dioses. Porque no hay nada más que anhele: ni el amor, ni la sabiduría, ni tan siquiera la vida eterna. Sólo tus bellos ojos negros y la llama ardiente que veo en ellos.

Porque serás vida y muerte al mismo tiempo, amor y odio, bien y mal.

Y yo tu esclavo enfermo.

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Un Mal Día

Muy buenas a todos! La espera se ha hecho larga, pero vuelvo con un proyecto “fuerte” para que, todos aquellos amantes de lo oscuro y lo bizarro, podáis disfrutar con este proyecto en el que llevamos tiempo trabajando Javier Loba y yo. Muchas gracias a todos los que colaboraron en esta pequeña locura.

Tenéis aquí los enlaces de las páginas de Javier Loba y de Behance, donde también podréis encontrar el trabajo.

http://javierloba.com/

http://www.behance.net/gallery/Un-mal-dia/5733181

Aquí tenéis mi pequeño regalo de Halloween, que tengáis un “mal día”.

-Mierda…joder, joder, mierda…
Anna intentaba subir las escaleras lo más silenciosamente posible, sujetándose el brazo derecho e intentando que goteara la menor cantidad de sangre posible. Esas criaturas la olían a cualquier distancia, sí, y debía pasar desapercibida todo lo que pudiera. Sin embargo la herida era profunda, y cada paso le costaba demasiado como para permitirse pensar en otra alternativa de huida.
Los disparos sonaban demasiado fuertes para poder soportarlos, pero no podía taparse los oídos. Marcos la había obligado a huir hacia la azotea mientras él intentaba retenerlos para así esconderse mientras acababa con ellos, sino… Tal vez allí sería capaz de encontrar una salida por sí misma.
-De todas formas, tampoco vale la pena que busque salida…
Se dejó caer en el rellano de una de las puertas, exhausta. Le costaba respirar horrores, el pecho le palpitaba a mil por hora, la cabeza le ardía y la herida no paraba de sangrar. Pensó en el botiquín de primeros auxilios que tenía en casa, podría ser suficiente para aguantar al menos unos minutos más.
Se oyó otro disparo abajo. Cada vez eran menos frecuentes, no sabía si a Marcos se le estaba acabando la munición o que tal vez ya había menos.
-¿Qué es lo que ha pasado…?

 

Habían llegado a casa después de las prácticas de tiro de Marcos, algo que a Anna nunca le había gustado, pero respetaba porque, al fin y al cabo, no le quedaba otro remedio. Pensaban que iba a ser un domingo como cualquier otro: llegarían, comerían, verían un rato la tele mientras se peleaban por las palomitas o por la última cucharada de helado… No sabían lo que les esperaba al llegar.
Recordó el momento exacto en que Marcos abrió la puerta del rellano. Notaron algo extraño en el olor, en el ambiente cargado y putrefacto. Una mala sensación envolvía el lugar, como advirtiéndoles de lo que se avecinaba. Un solo pensamiento había cruzado la mente de Anna en ese momento.
“Huye. ¡Huye!”.
-¿No huele raro?
-Un poco sí. Da igual; vamos a casa, deja tu juguete y vamos a comer.
Subieron las escaleras hasta el primer piso cuando vieron al primero. En uno de los rellanos, escondido en las sombras, parecía haber la figura de un hombre que los observaba en silencio, sin decir nada. Anna y Marcos se volvieron, extrañados.
-¿No es Juan, el del piso de abajo?
-No lo sé, Marcos.
-¿Juan? Juan, ¿te encuentras bien?
La figura no respondió, sólo parecía balancearse de un lado a otro, haciendo esfuerzos para no caerse, mientras les observaba. Anna sintió unos pinchazos en el pecho, y de nuevo aquella sensación angustiosa, terrorífica, diciéndole que huyera, que corrieran en dirección contraria… pero hicieron amago de acercarse más.
-¿Juan…?
Fue entonces cuando ocurrió. La figura se abalanzó sobre ellos, emitiendo un sonido gutural. Vio los ojos de Juan, totalmente perdidos, vacíos y blancos, la boca medio podrida, la frente llena de heridas, arañazos y mordiscos, la ca

misa llena de sangre, una mano muerta yendo hacia ella… Sólo le dio tiempo a gritar.
Sin embargo, Marcos fue más rápido. La cogió al momento y la apartó justo en el instante en que disparó.

 

El cadáver de Juan se desplomó en el suelo al segundo. Vio el agujero en el pecho, horrorizada, y se dio cuenta de lo que acababan de hacer.
-¡Mierda, Marcos! ¿Qué has hecho?
-¡Venía hacia mí, Anna!
-¡Joder, le has matado! ¡Le has matado!
Se escucharon entonces golpes por toda la escalera, como gente corriendo y golpeando las paredes. Miraron hacia arriba, confusos.
-Aquí pasa algo muy raro.
-Marcos, vámonos de aquí por favor…
-¡Anna, aparta del rellano!
Anna se apartó al verlos, gritando. Dos más habían aparecido de la puerta del fondo, gritando y alzando los brazos y las mandíbulas hacia ellos: Judith, la del tercero, arrastrando los brazos por la pared, arrancándose las uñas contra el hormigón, la piel violácea llena de cortes y cubierta por el pelo, y la boca podrida, con los labios agrietados, llenos de heridas y pus, que parecían sonreírle; y Jordi, su hermano, con media mejilla izquierda y casi toda la frente arrancada, cubierto de los que seguramente sería la sangre de su hermana, avanzando con sus enormes brazos como si fuera a destrozar todo lo que encontrara a su paso… Y sus ojos, los únicos que aún mantenían algún tipo de expresión, la miraban directamente a ella, furiosos, hambrientos…
-Dios mío… ¿Qué está…?
-¡Joder, se está levantando!
Y era cierto. Ignorando el balazo del pecho, Juan estaba poniéndose de pie a tientas, justo delante de Judith y Jordi. Apoyó el peso del brazo derecho en el suelo, con la mano doblada, y se irguió ignorando el crujido de la muñeca al romperse. Se volvió hacia ellos, sangrando todavía más, y gritó. Gritó mientras Jordi la miraba, mientras Judith sonreía…
Marcos intentó apartarla y volvió a dispararles, pero esta vez no funcionó: vio cómo la bala atravesaba el pecho de Judith, que durante un momento se tambaleó hacia atrás, pero luego se enderezó y continuó avanzando, cerrándoles el paso de las escaleras de bajada. Marcos empezó a disparar, histérico, sin acertar prácticamente ni una vez.
-¡Ve arriba, Anna!
-¿Qué?
-¡Ve al tejado, yo los distraigo! ¡Corre!
-¡Pero…!
-¡Que corras, coño!

 

Se quedó unos instantes en blanco hasta que reaccionó al golpe de Marcos, y corrió. Empezó a subir las escaleras, tropezando y golpeándose con la pared y la barandilla mientras escuchaba los gemidos de aquellas criaturas y los gritos de Marcos, incapaz de hacer nada más ante el pánico y el miedo. No podía hacer nada, sólo subir y subir escalones.
“Corre. Tienes que correr. Marcos te ha dicho que corras. Arriba, arriba, arriba, tienes que correr…”
Llegó al primer piso casi a cuatro patas, luchando por no perder el ritmo de ninguna de las maneras. Notó la garganta seca, dolorida, de la falta de aliento, pero no se detuvo. Tropezó en el siguiente escalón, y estuvo a punto de caer de cabeza, pero siguió avanzando.
“Tengo que correr, arriba, arriba, arriba…”
Era el único pensamiento que era capaz de procesar en aquel momento, lo único que podía pensar. Su mente estaba en la azotea, arriba, segura en lo alto del edificio. Se aferró a ese pensamiento de una forma enfermiza.
Lo hizo de tal manera, que no lo vio venir.
Del rellano de arriba apareció otro, abalanzándose sobre ella: era Carla, la del último piso, con el pelo rubio manchado de sangre seca, media cara y la barbilla con la piel arrancada, la piel blanca, los ojos… aquellos ojos otra vez, blancos, podridos, vacíos…
Anna sólo tuvo tiempo de gritar. Carla la agarró con las manos y la mordió en el brazo. Intentó saltar hacia atrás, forcejeando e intentando quitársela de encima, pero no lo consiguió. Sólo pudo ver sus dientes hundirse en la piel, perforarla hasta llegar a la médula; vio la carne y la sangre saltar por los aires y clavarse en las encías moradas de la chica mientras sus dedos muertos la agarraban para que no pudiera soltarse. Las uñas ennegrecidas se le clavaron también en la piel, haciendo que brotara aún más sangre.

 

-¡Socorro, socorro!
Ambas cayeron al suelo en el forcejeo, y Carla le arrancó un trozo de carne. Anna gritó, haciendo retumbar las paredes del edificio, ya sin distinguir el dolor del mordisco, de los arañazos o de la caída. Empezó a dar patadas, desesperada, luchando en vano para quitársela de encima. 
-¡No, basta! ¡NO!
Anna tanteó los bolsillos, buscando algo con lo que defenderse, mientras la criatura le iba arrancando trozos de brazo y se manchaba la cara con su sangre. Logró encontrar un bolígrafo, lo sacó y se lo clavó en el ojo, desesperada. La criatura la soltó y se echó hacia atrás, gritando de dolor, mientras ella gateaba hacia atrás, sollozando. Fue entonces cuando vio la barandilla del rellano, a dos pasos por detrás de Carla, y actuó: se levantó todo lo deprisa que pudo y la empujó con todas sus fuerzas. Vio sólo el instante en el que el cuerpo caía desplomado hacia atrás, como a cámara lenta, y desapareció. Escuchó en menos de dos segundos el sonido del cuerpo desplomarse dos pisos más abajo. Se asomó lentamente, todavía temblando y aguantando los llantos, para ver el cadáver de lo que fue su antigua vecina, con la cabeza abierta y cubierta de sangre y, un piso más abajo, a Marcos forcejeando con dos de aquellas criaturas. Se apartó, sintiendo unas náuseas horribles.
“La he matado. Dios mío, la he matado, joder…”
Seguía escuchando a Marcos maldecir mientras el resto de aquellos monstruos gritaban, enfurecidos. Se agarró la herida del brazo, conteniendo un grito y sin atreverse a mirarla. 
“Intentaba matarme. Sí, eso es, cuando venga la policía se darán cuenta, se darán cuenta. Ha sido en defensa propia, intentaba matarme, intentaba…”
“Dios mío, intentaba comerme…”
“Ve arriba” le susurró la voz de Marcos en su cabeza “. Ve arriba joder, corre a la azotea”.
Intentó asomarse una vez más para ver a Marcos, pero no tuvo valor. Dio un par de pasos hacia atrás, apoyándose contra la pared, y empezó a caminar.
“Tengo que llegar arriba…” 

 

Tenía que llegar, sí, tenía que llegar arriba. Era lo que le había dicho Marcos: arriba, arriba, arriba. Tenía que lograrlo, era el único pensamiento al que se aferraba mientras contaba los escalones: uno, dos, tres, cuatro… Arriba, más arriba, arriba…
Pero la imagen de Carla aún bailaba frente a aquellos pensamientos. Aún veía el rostro de aquella cosa comiéndosela viva, engullendo su carne como un manjar delicioso. Sus ojos blancos y vacíos, los arañazos y mordiscos en la cara, la sangre oscura cayendo por los restos de su carne podrida, los dientes clavándose lentamente en su carne, perforándola, cortándola como un cochinillo…aquellos horribles dientes que la habían condenado. Y Juan levantándose, y Jordi mirándola, y Judith sonriendo…
“No, no, no” pensó “. Basta, salid de mi cabeza. Por favor, basta…”
Se estaba mareando. Seguramente estaba cogiendo fiebre a una velocidad alarmante, tanta, que no podría aguantar mucho más.
“Tengo que subir. No puedo parar, estoy tan cerca… Arriba, arriba, arriba…”
-Mierda…
Se miró la herida. La carne estaba cogiendo un tono liláceo repugnante, pudriéndose en cuestión de segundos, y la sangre se espesaba y se volvía oscura. Tenía la piel fría y no paraba de sudar.
“No, tengo que… Dios, no puedo más…”
Se dejó caer en las escaleras, a pocos pasos de la puerta de la terraza. Le fallaban las fuerzas: apenas notaba las piernas, la cabeza le daba vueltas y la herida latía con una fuerza sobrehumana. No podía dar ni un paso más.
-Perdona, Marcos. Una cosa que tenía que hacer…

 

Se dio cuenta en aquel momento de que ya no se oían disparos, sólo algún golpe ocasional. Se inclinó hacia la derecha, vomitando. Sabía lo que le estaba ocurriendo, no lo podía seguir negando: en cuestión de unos pocos minutos, tal vez segundos, se convertiría en una de aquellas cosas. Su carne acabaría de descomponerse, su cadáver vagaría entre la gente sembrando el caos y devorando sus carnes frescas, bebiendo de su sangre caliente, lamiendo la médula de sus huesos… Sonrió, cansada, mientras se convulsionaba por las arcadas.
-Tal vez pueda beber de ti, cariño.
Miró hacia arriba, donde la poca luz que entraba en el bloque ya empezaba a volverse difusa para ella mientras los sonidos a su alrededor se iban apagando lentamente. Empezó a toser sin bajar la vista, notando la sangre mancharle la barbilla. 
-No quiero transformarme en una de esas cosas, mi amor. Pero… pero yo…
Calló al empezar a oír pasos en la escalera, subiendo en su dirección. Se inclinó lentamente, exhausta, haciendo acopio de sus últimas fuerzas y sonriendo. Tal vez Marcos lo había conseguido, tal vez todo había pasado…
-¿Marcos?
Y entonces lo vio. Subiendo las escaleras a cuatro patas, con la pierna izquierda totalmente desfigurada: la carne arrancada a mordiscos, mezclada con la tela de los tejanos, la sangre cayendo a borbotones, la tibia partida en dos sobresaliendo en un ángulo horroroso… y la piel violeta, la sangre manchándole la cara y el cuello, con casi toda la mejilla izquierda arrancada… 
“No, no. Él también no…”
…y sus ojos blancos, vacíos, sin expresión alguna más que la de un hambre voraz. Anna empezó a llorar, agotada.
-Marcos, oh Dios, Marcos…

 

Marcos siguió subiendo hacia ella, emitiendo los mismos sonidos que los demás. Vio casi de refilón, como si no existiera, la enorme bestia que ahora era Jordi, subiendo los escalones como si fuera a derribarlos bajo su peso. Sus ojos negros se clavaron en ella también, justo con la misma mirada que dos pisos más abajo. Pero ella no podía apartar la mirada de Marcos, el hombre que hacía unos instantes le había gritado que corriera, que subiera hacia la azotea todo lo deprisa que pudiera, lo que sus piernas le permitieran… Las piernas, oh dios, las piernas…
-Mi amor, ¿qué te han hecho?
Marcos no respondió. Abrió apenas un poco la mandíbula, brotando más sangre sin que él apenas lo percibiera, y Anna arrancó a llorar, desconsolada y sola. Arriba, le había dicho arriba, y ella lo había hecho, lo había intentado… ¿Para qué? Arriba, arriba, arriba, era lo único en lo que había pensado: ni en qué haría después, ni en él, ni en cómo lograría alcanzarla, ni qué harían después… Sólo arriba, arriba, arriba…
Percibió entonces la poca distancia que ya los separaba cuando vio de reojo a los demás subir detrás de Jordi. En unos momentos la alcanzarían, le harían lo mismo que a él… y lo único que podía hacer era esperar y llorar.
-¿Por qué… por qué ha pasado esto? –sollozó -. ¿Qué es lo que hemos hecho? ¿Por qué…?
Marcos alargó la mano hacia ella, abriendo y cerrando lo que le quedaba de mandíbula. Anna hizo amago de agarrarle, pero se sentía tan cansada…
-Pase lo que pase, cariño, al menos estaremos juntos. Siempre…
Se dejó caer contra la pared, agotada y sin que cesaran las lágrimas. Vio a Marcos encima de ella, a apenas unos centímetros de su rostro. Y, cuando abrió la mandíbula, justo en el instante en el que debía sentir el mayor de los dolores jamás habidos y por haber…
Todo se volvió oscuridad.

Créditos

Fotografía y Edición: Javier Loba

Texto: Jezabel Sánchez

Make-up: Omar Riffi

Modelos:

Anna: Sol Fernández

Marcos: Eduard Porta

Juan: David Leonat

Jordi: Joan Rodríguez

Judith: Jezabel Sánchez

Carla: Carolina Venteo