Amado Hombre

Amado, ¡oh, amado hombre! Cuan largo tiempo he soñado con acariciar tu cuerpo, tu suave piel bañada en sudor y lágrimas bajo esos cálidos días de sol que a ti y a mi se nos han antojado siempre tan fríos. Cuántas veces habrán soñado mis dedos con perderse en tu cabello, mis ojos en los tuyos, profundos y distantes… Cuántos días he imaginado haciéndote el amor contranatura, como ellos mismos dicen, sin importar el qué pensarán ni el qué nos dirán. Cuántos días habré susurrado tu nombre maldito al viento, perdiéndose al final del mundo y volviendo a mí a casa segundo sin importar las distancias.

Y cuánto miedo he sentido ante el mundo, que no nos entiende ni nos comprende. Cuántas noches habré llorado porque me han dicho que estaba mal, que no era más que vicio y perversión. Pero el pecado, ¡oh, el pecado! se vuelve tan maravilloso cuando lleva tu rostro como una máscara fundida con la piel. Siento ese maravilloso escalofrío cuando pienso en ti, cuando recuerdo tu aroma allá donde vaya, el sonido de tus pasos en las calles, el increíble timbre de tu voz en el recuerdo.

Amado, ¡oh, amado hombre! Hazme tuyo una vez más. Hazme la criatura que quiero ser, buena y tierna, dulce y cariñosa, sin importarme el mundo y sus terribles consecuencias. Ámame como yo te amo, con esta loca devoción insana que me pierde y que hace que no me importe nada. Porque somos sólo hombres, y nos debemos a nuestra alma pecaminosa.

Hazme tuyo, ¡oh, amado hombre! Y seré, al mismo tiempo, el hombre más feliz de la tierra.

Tierra

Jamás serás capaz de tocar el cielo con esas manos.

Tú, que duermes en el profundo letargo de la noche, en una oscuridad perenne e inmortal. Tú, que permaneces tan sólo en la más larga de las epifanías, en una larga ópera sin acto final. Tú, que jamás has visto el mundo en su gran majestuosidad, en su señorial presencia ni te has perdido en su cálido abrazo…

Jamás serás capaz de tocar el cielo con esas manos.

Pero, ¿qué tiene eso de malo, mundano humano? Vuestra carne jamás fue concebida para otra cosa, ni vuestra sangre para latir más allá de donde os reclaman los latidos de vuestro corazón. Pobre, pobre y desdichado diablo… ¿Por qué renegar, por qué rechazar algo tan bello y hermoso, a pesar de ser caduco a la cruel mano arrugada y decrépita del tiempo? Sueña, sueña cuanto gustes. Ten ambiciones, ten metas y objetivos, pero jamás reniegues de lo bello de tu nacimiento, de tu origen o de tu tierra… Esa tierra en la que yace tu cuerpo semienterrado, con el rostro, el pecho y los brazos en el aire, para que aún puedas soñar con que la suave brisa que te acaricia puede darte algo más. Algo bello, hermoso y eterno en tu alma mortal. Acaríciala, hazle el amor, abrázala y ámala por siempre… Porque el cielo jamás llorará tu nombre, pero a ella volverás en el más leve suspiro de la eternidad.

Jamás serás capaz de tocar el cielo con esas manos.

Memorias

Escribimos constantemente nuestras memorias. A través de papel, con suaves olores y tinta fresca manchando nuestros dedos; en piedra, datando fechas y nombres con el inicio de una efímera vida y una banal muerte que caducará en la mente de aquellos que nos conocieron cuando ellos mismos posean su propia lápida; en forma de esculturas, de bellas formas sensuales e irreales que nos incitan a los más mortíferos pecados; de grandes obras arquitectónicas que nos ofrecen la amarga panacea de una magnificencia eterna; de bellos cuadros con colores más brillantes y perfectos que nuestra propia existencia; de grandes hazañas que perduran a lo largo de los siglos en la historia del ser humano, sin saber apenas nada más que un año, una identidad y un lugar; de crímenes monstruosos que convierten nuestro nombre en las más terribles pesadillas…

Y luego, ¿qué queda? Un rostro empañado por el tiempo que ni tan siquiera hace justicia a lo que en algún momento en vida llegamos a ser, sin nuestras inquietudes o conocimientos de la mente humana; una idea, una teoría que pocos serán capaces de comprender; un hecho sobre el cual los zapatos del ser humano caminará sin tan siquiera conocer sobre qué pisa su banal existencia; una leyenda que correrá de boca en boca mientras se va deformando a lo largo de los años hasta adoptar una forma tan abstracta como nuestras mentes; una deidad carnal, un cuerpo caduco de vida eterna más allá del infinito…

Sí, el ser humano desea, anhela fervientemente con todas sus fuerzas escribir sus memorias de una forma u otra para que las generaciones venideras recuerden su nombre con tal de obtener una vida eterna más grande que la de los propios dioses. Por eso nosotros, aquellos que ya poseemos la inmortalidad, el ansiado Pecado Original de vuestra estúpida psique, nos reímos de vosotros.

Somos la leyenda viva, la propia eternidad, y las grandes memorias que nunca llegaréis a ser.

¿Para qué relatar, al fin y al cabo, una existencia milenaria como la nuestra, cuando somos capaces de recordar?