Whisky

Nunca el sabor del whisky le había sabido tan intenso. Perdida en una vorágine de carne, sudor y gemidos, notaba la lengua más sedienta que nunca, pero no le importaba lo más mínimo. Sus papilas gustativas estaban inundadas de miles de sabores maravillosos: el del aire secándole la boca, el del aliento de su amante entre respiración y respiración, la saliva mezclada con la sangre provocada por los golpes en pleno arrebato, el de las yemas de sus dedos rozándole los labios, su cabello balanceándose sobre ella… Se sentía perdida en medio del éxtasis del mundo más fantástico que era capaz de experimentar como ser humano, gozando cada mínimo instante de lujuria perversa y salvaje.

Por eso, cuando su amante se acercó a ella y le acercó la botella a los labios, pensó que iba a explotar de placer. Porque, aquel líquido tan fuerte que normalmente no podía ni oler, se le antojó más suculento que la propia ambrosía, como si hubiera explotado en ella para provocarle el más potente de los orgasmos. Ya ni la música, ni los gemidos, ni su sexo dentro de ella… El éxtasis fue el potente sabor del whisky, cayendo por su barbilla y por sus senos para mezclarse con el sudor de ambos.

Era el sabor más intenso que había probado nunca.

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Amado Hombre

Amado, ¡oh, amado hombre! Cuan largo tiempo he soñado con acariciar tu cuerpo, tu suave piel bañada en sudor y lágrimas bajo esos cálidos días de sol que a ti y a mi se nos han antojado siempre tan fríos. Cuántas veces habrán soñado mis dedos con perderse en tu cabello, mis ojos en los tuyos, profundos y distantes… Cuántos días he imaginado haciéndote el amor contranatura, como ellos mismos dicen, sin importar el qué pensarán ni el qué nos dirán. Cuántos días habré susurrado tu nombre maldito al viento, perdiéndose al final del mundo y volviendo a mí a casa segundo sin importar las distancias.

Y cuánto miedo he sentido ante el mundo, que no nos entiende ni nos comprende. Cuántas noches habré llorado porque me han dicho que estaba mal, que no era más que vicio y perversión. Pero el pecado, ¡oh, el pecado! se vuelve tan maravilloso cuando lleva tu rostro como una máscara fundida con la piel. Siento ese maravilloso escalofrío cuando pienso en ti, cuando recuerdo tu aroma allá donde vaya, el sonido de tus pasos en las calles, el increíble timbre de tu voz en el recuerdo.

Amado, ¡oh, amado hombre! Hazme tuyo una vez más. Hazme la criatura que quiero ser, buena y tierna, dulce y cariñosa, sin importarme el mundo y sus terribles consecuencias. Ámame como yo te amo, con esta loca devoción insana que me pierde y que hace que no me importe nada. Porque somos sólo hombres, y nos debemos a nuestra alma pecaminosa.

Hazme tuyo, ¡oh, amado hombre! Y seré, al mismo tiempo, el hombre más feliz de la tierra.

El fondo de la botella

Ya ni sabía por qué copa iba ya. El sabor del whisky barato le había acompañado durante tantas horas que era incapaz de recordar el de su propia boca, ni siquiera el de los incontables puros que se había fumado. ¿Por qué, por qué sentía aquella necesidad imperiosa de engullir una botella tras otra de forma tan desmedida? ¿Por qué tenía la vana esperanza de que en el fondo de aquella bomba mortal encontraría las respuestas que tanto ansiaba, el descanso para una vida torturada a base del dolor, la pérdida y la soledad? De acuerdo, el universo había sido cruel con él, horrible y despiadado, pero era uno de aquellos hombres a los que les gustaba vanagloriarse en sus incontables desgracias, aferrarse a la primera excusa para autolamentarse y convertirse en un ser todavía más patético y lamentable.

Tal vez sólo buscaba la muerte, una muerte lenta y bochornosa, del mismo modo que él lo había sido toda su vida. Peor que un insecto, sólo tenía ya el recuerdo de pasar de borrachera en borrachera noche sí, noche también. Y no llegaba el día en que no volviera a despertar de su sillón deshilachado, podrido y carcomido por la humedad. Así llevaba años, deseando que un día sus ojos no pudieran abrirse nunca más.

“Oh, mi niña. Si estuvieras aquí, papi no estaría haciendo esto…”

No le quedaba ya motivo alguno para vivir, pero no podía ni recordar el rostro de aquella por la que hubiera respirado a pesar de todas las penurias del mundo. Ya ni eso, ni el recuerdo imborrable de algo bello y hermoso, sólo manchas en el aire cada día más difusas tras botella y botella. Sólo deseaba dormir… y morir.

“¿Cuál era tu nombre, pequeña…?”

Qué más daba. Ella ya no estaba, de la misma forma en la que ya no estaba él. Sólo era un reflejo borroso tras el sucio vaso que le sustentaba desde hacía años, sin nombre ni rostro, sin familia, amigos, amor… nada. Sólo le quedaba su asquerosa botella, noche tras noche, hasta que pudiera morir en la más detestable oscuridad.

Se llenó otro vaso, y siguió bebiendo.

Deseo

Sólo necesitaba un poco más de carmín.

Estaba prácticamente lista: había pasado las dos últimas horas acicalándose, lavándose y depilándose, cepillando sus abundantes rizos rojos de manera que cada movimiento incitara a los más oscuros deseos de un hombre, perfumándose hasta dejar una ráfaga almizclada allá por donde pasara, eligiendo la lencería más provocativa y el vestido más ceñido y sinuoso que encontrara en su armario. Y se había maquillado delicadamente ante el espejo como si se tratara de un ritual religioso, el más sagrado que había para una mujer como ella: cada pincelada en sus ojos le otorgaba la visión de escenas lascivas que se ocurrirían en tan sólo unas horas, cada uña pintada de rojo era un gemido de placer que resonaba en su mente con el eco más profundo, cada toque de colorete era una gota de sudor que recorrería sus pechos perdidos en el inminente orgasmo…

Sólo necesitaba un poco más de carmín.

Porque eso es lo que era ella, la representación del pecado original hecho carne y deseo, sangre hirviendo por las venas de los hombres y mujeres, una imagen tan lujuriosa que sólo podía encontrarse en los recovecos más profundos y ocultos de la mente del ser humano. No tenía nombre, ni edad, ni tierra, sólo veneno en la racionalidad de la mente del animal más fuerte. Maquilló sus labios despacio, casi con veneración, excitándose sólo con la similitud de lo que acontecería aquella noche, con el color de la sangre en su rostro. Sí, eso es lo que deseaba más que nada, pasar como una fantasía etérea en la piel de sus amantes y desvanecerse en la noche, difuminada entre los sueños y la realidad. No necesitaba amistad, no necesitaba amor… Sólo una noche de placer más para recordarse que ella era la llama eterna de la lujuria.

Y si le preguntaban, no tenía nombre alguno.

Sólo Deseo.

Sólo necesitaba un poco más de carmín.