Ojos negros

He visto el mundo en la oscuridad de tus ojos negros. Bello, etéreo, inalcanzable. Millones de estrellas como metáforas de cada vida existente en ellos, brillantes y profundas; nebulosas flotantes como los ríos y los mares; meteoritos ardientes como temibles volcanes; lunas con enormes cráteres como montañas… Todo eso veo en la profundidad de tus ojos negros, inmutable ébano en la inmensidad de la existencia. El infinito, la caducidad vuelta inmortalidad por lo magnífico de la vida…

Deseo con locura perderme en tus ojos negros. Poseerlos, amarlos y adorarlos como antaño se adoraban a los antiguos dioses. Porque no hay nada más que anhele: ni el amor, ni la sabiduría, ni tan siquiera la vida eterna. Sólo tus bellos ojos negros y la llama ardiente que veo en ellos.

Porque serás vida y muerte al mismo tiempo, amor y odio, bien y mal.

Y yo tu esclavo enfermo.

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Memorias

Escribimos constantemente nuestras memorias. A través de papel, con suaves olores y tinta fresca manchando nuestros dedos; en piedra, datando fechas y nombres con el inicio de una efímera vida y una banal muerte que caducará en la mente de aquellos que nos conocieron cuando ellos mismos posean su propia lápida; en forma de esculturas, de bellas formas sensuales e irreales que nos incitan a los más mortíferos pecados; de grandes obras arquitectónicas que nos ofrecen la amarga panacea de una magnificencia eterna; de bellos cuadros con colores más brillantes y perfectos que nuestra propia existencia; de grandes hazañas que perduran a lo largo de los siglos en la historia del ser humano, sin saber apenas nada más que un año, una identidad y un lugar; de crímenes monstruosos que convierten nuestro nombre en las más terribles pesadillas…

Y luego, ¿qué queda? Un rostro empañado por el tiempo que ni tan siquiera hace justicia a lo que en algún momento en vida llegamos a ser, sin nuestras inquietudes o conocimientos de la mente humana; una idea, una teoría que pocos serán capaces de comprender; un hecho sobre el cual los zapatos del ser humano caminará sin tan siquiera conocer sobre qué pisa su banal existencia; una leyenda que correrá de boca en boca mientras se va deformando a lo largo de los años hasta adoptar una forma tan abstracta como nuestras mentes; una deidad carnal, un cuerpo caduco de vida eterna más allá del infinito…

Sí, el ser humano desea, anhela fervientemente con todas sus fuerzas escribir sus memorias de una forma u otra para que las generaciones venideras recuerden su nombre con tal de obtener una vida eterna más grande que la de los propios dioses. Por eso nosotros, aquellos que ya poseemos la inmortalidad, el ansiado Pecado Original de vuestra estúpida psique, nos reímos de vosotros.

Somos la leyenda viva, la propia eternidad, y las grandes memorias que nunca llegaréis a ser.

¿Para qué relatar, al fin y al cabo, una existencia milenaria como la nuestra, cuando somos capaces de recordar?

Reflejo de una noche

Cepilló sus cabellos rojos con calma, mirando a ninguna parte, con los pensamientos enredados en un sinfín de recuerdos que hacía milenios que no se habían convertido en más que pequeños hilos en una inmensa telaraña que representaba los momentos de su vida. Recordaba las veces que le habían dicho cuán hermosa era, lo suave que era el tacto de su piel, lo sensuales que eran sus formas helenísticas, lo suculentos que parecían sus labios carmesíes, lo brillante que era su pelo rojo como el fuego… Había llegado a contemplarse durante largas horas en el espejo, maravillada por sus propias facciones, enamorada de ella misma como el propio Narciso.

Y, como a Narciso, muchos la habían deseado, hasta que se topó con alguien que la deseó bajo cualquier precio, una fuerza sobrenatural que la convirtió durante siglos en algo muchísimo más bello de lo que podría haber llegado a ser jamás, algo imperecedero a ojos de aquellos en los que había logrado levantar pasiones.

Pero jamás logró volver a contemplarse en un espejo. Ahora lo único que le quedaba era cepillarse sus bellos cabellos rojos, esperando a encontrarse con alguien que enloqueciera por ella, antes de llevarse un nuevo bocado que la mantuviera hermosa una noche más.

La vampira dejó el cepillo, contemplando un reflejo inexistente en su enorme tocador. Rió, enloquecida. “Si así debe ser, seré el Narciso de los tiempos modernos, alzándome como la más seductora de las flores entre las aguas sangrientas de mis víctimas nocturnas”.

“Y jamás podré volver a contemplar mi rostro”.