Ojos negros

He visto el mundo en la oscuridad de tus ojos negros. Bello, etéreo, inalcanzable. Millones de estrellas como metáforas de cada vida existente en ellos, brillantes y profundas; nebulosas flotantes como los ríos y los mares; meteoritos ardientes como temibles volcanes; lunas con enormes cráteres como montañas… Todo eso veo en la profundidad de tus ojos negros, inmutable ébano en la inmensidad de la existencia. El infinito, la caducidad vuelta inmortalidad por lo magnífico de la vida…

Deseo con locura perderme en tus ojos negros. Poseerlos, amarlos y adorarlos como antaño se adoraban a los antiguos dioses. Porque no hay nada más que anhele: ni el amor, ni la sabiduría, ni tan siquiera la vida eterna. Sólo tus bellos ojos negros y la llama ardiente que veo en ellos.

Porque serás vida y muerte al mismo tiempo, amor y odio, bien y mal.

Y yo tu esclavo enfermo.

Padre

Nuevo relato, algo diferente al resto y de una única entrada también. Éste fue concebido con Chop Suey de System of a Down de fondo, espero que os guste.

Saludos.

 

Una mujer, una pobre y desdichada mujer llorando al fondo de una habitación pequeña, oscura y sombría. De rodillas junto a su lecho, con la cabeza escondida entre las manos, el pelo cayendo en mechones lacios sobre su rostro ya arrugado, con los dedos como garras afiladas y hurañas, entumecidas por el tiempo y el dolor, apenas iluminado su raquítico cuerpo, enjuto y marchito por culpa de la vejez imperdonable, por la luz que venía del exterior, de aquel mundo de luces y colores tan bellas que la hacían a ella, despojo de la belleza humana, un ser infecto más horroroso de lo que ya la condenaba aquél que amaba. Porque el resto del mundo, a diferencia de ella, había evolucionado segundo tras segundo en algo más bello, fuerte e imperecedero. Ella, sin embargo, era algo más caduco que las flores de verano.

Tenía miedo; su mundo se había transformado en una esfera de terror incesable que no se detenía ni siquiera ante sus llantos de desgraciada, ni ante sus lágrimas ácidas ni sus gritos desgarradores. Temía la luz del Sol por mostrar las debilidades de su cuerpo, temía el calor humano, pues no hacía más que recordarle con su sola presencia cuán inmunda era ella, pero sobre todo odiaba el anochecer, porque era cuando él la acechaba, cuando la dominaba bajo la furia de sus puños.

Oyó la puerta, le oyó entrar. Se encogió más de pavor y de miedo, pues sabía cuán fuerte era el odio de ese hombre. Antaño fue la criatura más bella, más dulce, más conmovedora y más bondadosa del mundo. ¿Cómo imaginar que algo tan puro se convertiría en la mayor de sus maldiciones?

Una plegaria muda apareció entonces en su mente, algo insólito que jamás había ocurrido; intentó rezar a un Dios, a un ente imaginario de su memoria que pudiera ayudarla y salvarla de aquel Infierno particular que la estaba trastocando. Unas palabras vinieron a su mente como traídas por aquella fantasía embriagadora.

“Suplica, hija mía, pero solamente tus propias manos pueden llevarte a la salvación. Encomiéndate a mí, a mi fe y a mis creencias, y yo te otorgaré esa fuerza y esa decisión”.

“Padre…” pensó, recibiendo un golpe que la lanzó contra la pared.

“Encomiéndate”.

“Padre…”

“A mis brazos, hija mía”.

“Padre…padre…”

“Yo te daré la fe”.

“A ti encomiendo mi espíritu…por los siglos de los siglos…”

“En el momento en que los ángeles merezcan morir”.

“Padre…te encomiendo mi alma…”

“Cuando el último ángel muera…”

“Padre…”

“Tú serás condenada al Infierno”

La mujer, con una fuerza que no hubiera reconocido suya ni en sus años de juventud, se levantó airosa del suelo, donde su sangre fresca caía creando el charco de su impotencia, y se encaró a él. El otro, confundido, no tuvo tiempo de reaccionar, sólo pudo quedarse mirando a su pobre y desdichada víctima con una mueca de estupidez latente. La mujer, renovada por las fuerzas de su Dios, agarró al hombre y, en un acto de desesperación, lo empujó contra la ventana abierta. Éste, todavía con la sorpresa correteando entre sus venas, no comprendió lo que ocurría, pero el intento de aferrarse a la vida supera a los instintos; desesperado, se agarró a la mujer que, aunque sorprendida, no intentó ofrecer resistencia y se dejó llevar, dejando escapar una única lágrima por sus ojos cerrados. Cayó ligera, cual pluma de paloma al vacío, ignorando el dolor futuro, ese fin inevitable que se sucedería en tan sólo unos segundos. Recordó las palabras evocadas hacía un instante en su cabeza.

“Cuando el último de los ángeles muera, tú serás condenada al Infierno”.

“Dios, mi Dios; sólo rezo para que, a diferencia de la tierra de los hombres, los cielos no estén plagados de almas corruptas como la suya o la mía”.

Ambos cayeron, chocando en el suelo él con estrépito, ella casi insonora. En el rostro de aquella mujer ya no había miedo, ni congoja, ni pánico: la expresión dulce de su cara, calma y relajada le otorgaba una paz indescriptible, única. Incluso muerta unos instantes antes, en su mente siguió rezando.

“Padre, a ti encomiendo mi alma…padre…”

Las gemelas de Claymore’s Ville (II)

Segunda parte de Las gemelas de Claymore’s Ville, aprovechando e intentando recuperar un ritmo más frecuente de publicación.

Saludos.

Parte II

 

La anciana que las cuidaba montó en cólera, y citando los santos evangelios les transmitió la rabia divina a través del castigo físico. Por cada golpe la vergüenza de su Señor arremetía contra ellas, pues habían ensuciado su nombre de la forma más burda que jamás hubiera logrado concebir una mente enferma de locura. Cuando una intentaba detener a la anciana, la otra era castigada con golpes aún más duros, mientras que la que había osado interponerse recibía palabras de vergüenza.

Medio muertas, con heridas horripilantes que desfiguraban sus cuerpos y abandonadas en las calles más solitarias de la ciudad en medio de la oscuridad, decidieron huir a algún lugar lejano para que nadie pudiera juzgarlas con libertad. Si su Dios era incapaz de entender aquel amor tan extraño pero a la vez tan puro, buscarían algún otro que las comprendiera. Si su Dios era capaz de abandonarlas…

“Gabriela, ¿qué mal estamos haciendo?”

 “Ninguno”.

 “¿Por qué no nos comprenden entonces? ¿Por qué nos llaman monstruos?”

 “Porque no saben lo que es amar como nos amamos nosotras”.

 “¿Quién nos comprenderá entonces? ¿Quién nos aceptará…?”

 “Tiene que haber alguien”.

 “Pero, ¿quién?”

 “Alguien; sea dios… o demonio…”

 No lograron huir.

La anciana rebeló su secreto a las gentes del pueblo, que enteradas de tal aberración montaron en cólera y se respaldaron bajo los falsos preceptos de la Inquisición. Quemaron su casa, los recuerdos vacíos que habían dejado sus progenitores tras su muerte, sus retratos, sus vidas… No podía quedar nada de ellas en la tierra, pues los ángeles se habían transformado en los monstruos más horrendos que jamás habían podido surgir de las entrañas de una humana. Las niñas huyeron, ente gritos de dolor y pena consumida. Cuando incluso sus huellas fueron borradas tras ellas, sólo les quedaba una salida.

Huir.

Corrieron hacia la costa mientras las llamas se alzaban a lo lejos, consumiendo hasta la última ceniza de lo que había sido su hogar, elevándose hacia los cielos más que la casa de Dios. Aún sentían la fuerza de los látigos a sus espaldas, las heridas abriéndose por el esfuerzo de correr, manchando sus blancos ropajes y sus largos cabellos, pero no les quedó más remedio que ignorarlo.

Las perseguían.

A muerte.

Para eliminarlas.

Por su pecado.

Por su amor corrupto.

Las gemelas de Claymore’s Ville (I)

Buenas! Después de tiempo sin publicar, vuelvo a la carga. Ésta es la primera parte del relato de Las gemelas de Claymore’s Ville y la más larga que he publicado hasta ahora (serán 3 partes). Espero que la disfrutéis.

Saludos.

Parte I

Ambas niñas corrieron por la playa cogidas de la mano, jadeando por la falta de aliento. Sus débiles piernas no podían aguantar el ritmo necesario, pero sabían que si se detenían, sería el final. Si querían huir, si querían sobrevivir, debían seguir corriendo.

Sophie, la más joven, se volvió un instante. Vio a lo lejos a la muchedumbre furiosa del pueblo acercarse cada vez más, con antorchas encendidas en sus manos y hoces de la siembra alzadas, mucho más grandes de lo que jamás le parecieron en su niñez. El miedo casi logró paralizar su cuerpo, pero fue la mano de su hermana Gabriela lo que la obligó a seguir.

 -¡Sophie, no te detengas!

 – Gabriela… No puedo…

 – ¡Aguanta, por lo que más quieras!

 El rostro de su hermana, aquél igual al suyo, pero con el semblante preocupante y cubierto por el manto del terror le dio un nuevo aliento a la chica. Sí, debían huir, costara lo que costara. Aquellos que las perseguían no se andarían con contemplaciones si las alcanzaban.

 “¿Cómo hemos llegado a esto?” se preguntó, mientras su hermana intentaba que avanzara más rápido “. ¿Por qué han llegado a despreciarnos tanto?”

 – Gabriela… Esto es culpa mía…

 – No, Sophie… Aquí no hay culpables ni inocentes… Pertenecemos a un mundo distinto al suyo…

 – Nosotras…

 – Sophie… hemos cometido un pecado horrible a sus ojos… Pero nosotras… nosotras…

 Gabriela cayó de rodillas, agotada. Esta vez fue Sophie la que la ayudó a alzarse.

 – ¡Gabriela!

 La chica jadeó, agotada. Alzó la vista, mirando al horizonte marino, furiosa.

 – El amor nunca ha sido un pecado a ojos de su Dios… Excepto el nuestro…

 Los padres de Sophie y Gabriela murieron dejando a las dos niñas desamparadas, sin siquiera el fútil recuerdo de unos padres en unas mentes tan pequeñas. Gemelas, idénticas completamente, en Claymore’s Ville llegaron a creer que eran los espíritus mellizos de ángeles extraviados. Su belleza, su pureza, su suma delicadeza debía conllevar algún precio, y corrieron voces de que el mismísimo Dios les había arrebatado a sus padres como castigo por huir de los cielos. Pero las pequeñas niñas crecieron al margen de los cuentos para viejas, preocupándose de cuidarse la una a la otra. Su único legado, su único lazo de lo que provenían era su propia hermana. Solas en un mundo donde la religión quedaba impuesta sobre los instintos humanos, nunca se les permitió relacionarse con otras gentes. Desamparadas, incomprendidas, solas…

 Se acabaron amando…

 “Cuán extraño es ver mi propio rostro al besar a la mujer que amo, cuán extraño resulta amar a alguien que comparte mi sangre, mi carne y mis huesos, cuán extraño sólo con que tenga mi mismo cuerpo, mis mismas facciones, siendo mujer como lo soy yo…Que el deseo que enciende mi cuerpo sea ella, que desnudarla bajo la luz de la Luna sea mi perdición… Y que ella sienta el mismo deseo impío que yo… Tal vez no seamos ángeles, sino demonios blasfemos surgidos de las mismas fauces del Maligno”.

 “Que me elevo hasta temperaturas insospechadas cuando la acaricio, tan extrañas que llegan incluso a helarme de nuevo al pensar que tal vez porte el fuego del Infierno en el interior de mis carnes. Mi cuerpo nunca me pareció bello, pero al verla a ella siento que mis sentidos desaparecen para fundirse en uno sólo que hace que la necesite para seguir viviendo… Sus cabellos dorados cayendo sobre su fina espalda, sus mejillas sonrosadas tornándose azules como el mar en la oscuridad, sus ojos relucientes reflejando mi propio rostro, el que ambas compartimos de nacimiento…”

 “Una mujer…”

 “Mi hermana”

 “Mi propia gemela…”

 “Si lo descubren, acabarán con nosotras”.

 “Para ellos, nuestro amor es pecado…”

 “Peor; es una aberración”.

 “Pero nos amamos”.

 “Si morimos, que sea sin ocultarnos”.

 “Prefiero morir contigo, que hacerlo sola…”

 Las acabaron descubriendo.

Condena Roja (II)

 

Segunda y última parte del relato. Éste lo escribí con la canción I wish I had an angel de Nightwish de fondo, se me olvidó comentarlo en el anterior post.

Saludos.

Parte II

El lobo huyó entonces, dejando a la doncella con una fe quebrantada. “Yo saldré de este bosque, pues Dios me ama y no me abandonará aquí”. Y la doncella emprendió la marcha, entonando de nuevo su sombría canción. Fue entonces cuando oyó pasos tras ella, rompiendo las hojas del camino para no dejar ningún rastro de su existencia. La doncella se volvió con su gracia natural, observando la figura de un hombre alto y misterioso,  cuyos ojos las sombras de los árboles no dejaban ver. “¿Quién sois vos, extraño viajero, que no mostráis vuestro rostro y lo ocultáis bajo las sombras de este bosque? Mostraos para que pueda conoceros y atravesar juntos este lugar”. “Cuánto lo lamento, doncella, pero no voy a mostraros mi rostro, pues los demonios no se rebelan mientras le llevan un alma a su amo y señor. Vengo a quitaros la vida para que sea sólo mía, pues nadie merece la pureza de vuestra alma más que yo”.

Y Caperucita vio su muerte en el bosque.

La doncella dio media vuelta e intentó huir, rogando a su amado Dios que protegiese a un alma tan servidora como la suya. Su capucha roja se desprendió de su cuello, abrazando las ramas negras de aquellos árboles de la misma forma en la que pronto lo haría su sangre. Pronto su alma se reuniría con las de aquellas brujas de la canción, las cuales adoraban a una criatura maléfica que la haría sufrir por toda la eternidad. “A los herejes enviaremos, oh sí, enviaremos, a las profundidades del Infierno, donde Dios no pueda oírlos, oírlos, oírlos…” Sus lágrimas transparentes se elevaron en el aire, hacia el lugar donde ella no podría ir jamás. Porque su Señor la había condenado como a las brujas de aquella canción. Una mano la agarró entonces y la lanzó al suelo, de donde sus bucles dorados no se elevarían jamás, donde la cestita tan preciada cayó por siempre. Vio los ojos del cazador, brillando como las llamas del Infierno que reflejaban las notas de su canción. “A las profundidades del Infierno, oh sí, del Infierno…”

Y Caperucita rogó por su alma en el bosque.

Entonces el lobo se lanzó sobre el cazador, atacando como una bestia del Averno. El cazador luchó durante unos instantes, pero luego cayó muerto al suelo, mientras su alma descendía junto a su único señor. El lobo se volvió hacia la doncella, bañado en el color de su capucha perdida. Se acercó lentamente para oler los bucles dorados que acariciaban el suelo infecto, aquel suelo en el que sólo habían caminado demonios y brujas. “Oh hermosa doncella, las notas de vuestra canción no pudieron preveniros del peligro que acechaba a vuestra sombra. A pesar de que seguiréis viviendo en mi lugar, las palabras que os dije no pueden ser cambiadas”. Y la doncella acarició el rostro de la criatura, manchando sus blancas manos del color escarlata. Allí agarró la cabeza del animal y lloró, lloró por un alma que jamás querrían ni en el Cielo ni en el Infierno, eso hizo la doncella cantarina. Pues Dios la había abandonado, y pronto se reuniría con las brujas de las canciones.

Y Caperucita permaneció por toda la eternidad en el bosque.

Condena Roja (I)

Mi propia versión del cuento de la Caperucita Roja, algo más tenebroso y enfocado hacia adultos. Ésta es la primera parte del relato, espero que os guste.

Parte I

Y Caperucita caminaba por el bosque.

Cantando canciones olvidadas por los hombres, con una vocecilla aguda incluso para la edad entrada de la doncella, en un bosque donde poco a poco las notas se van perdiendo para no encontrar la libertad jamás. Una letra escalofriante, sin significado en los labios de una muchacha que apenas ha cumplido los 16 años: “Porque a las brujas quemaremos, oh sí, quemaremos, mientras sus gritos de agonía se elevan en el aire…” Un alma pura en un rincón dominado por la oscuridad, una juventud recién florecida en un averno en el que sólo existe la vejez.

Y Caperucita cantaba por el bosque.

Los bucles dorados de la doncella acariciaron el aire impío que la rodeaba, contaminando su inmaculada pureza. Su piel blanca contrastaba con la oscuridad del lugar, incluso sus rosadas mejillas, cuyo color en ese lugar sólo tenía un parecido próximo al de la sangre de las criaturas que habían caído en las hambrientas fauces de las bestias.  Sus labios claros no dejaban de entonar aquella extraña canción, mientras su pequeño cuerpo subía y bajaba para seguir cantando: “Y cuando sus cuerpos no sean más que cenizas, oh sí, cenizas, a los brazos de Satanás acudirán para llorar, llorar, llorar…”

Y Caperucita brincaba por el bosque.

Los árboles negros que se cernían a los extremos del camino parecían traerle sin importancia. Se elevaban para atar un cielo ocre, carente de vida con sus gruesas ramas, negras y retorcidas como almas intentando huir del mismo Infierno. A sus pies sólo había hojas muertas que crujían bajo sus pies, que brincaban alegremente, y algún escarabajo asustado por las almas que reinaban en aquel lugar. El horizonte inacabable que había ante ella sólo mostraba un futuro negro y doloroso, pero la doncella parecía no verlo. Sólo se preocupaba de que la cestita que balanceaba alegremente en su mano derecha no volcara su contenido mientras entonaba aquella lúgubre canción: “A los herejes enviaremos, oh sí, enviaremos, a las profundidades del Infierno, donde Dios no pueda oírlos, oírlos, oírlos…”

Y Caperucita bailaba en el bosque.

Lentamente las notas fueron apagándose en su garganta, pues la sorpresa de ver a un nuevo visitante era más interesante. Una criatura, cubierta de pelo oscuro y ojos todavía más oscuros la observaba con curiosidad desde el principio del camino ante ella. La doncella miró al animal, intrigada, sin saber que aquella criatura era un símbolo de los condenados de su canción. “Pequeño animal que moras en el bosque, ¿acaso has oído mi canción y, conmovido por la justicia de Dios, deseas conseguir la salvación a través de las notas de mi canción? No seas tímido pues, yo te enseñaré a elevar tu voz hasta donde aquél mora”. “No deseo aprender tu canción, pues aquellos como yo no pueden entrar donde los ángeles duermen embriagados por la bondad de doncellas como tú” habló el lobo “, pero la curiosidad me obliga a preguntarte qué llevas en esa cestita”. “La merienda para mi abuela, a la que Dios ya no le concede buena salud para que pronto cante junto a él. Puedes venir conmigo, pequeña criaturita, pues no creo que al Señor le moleste una presencia como la tuya”. “No, pequeña doncella, yo no iré contigo, puesto que no se me permite ayudar a los humanos. Pero te diré algo, princesa de bucles dorados: tú no saldrás jamás de este bosque”.

Y Caperucita quedaba condenada a los árboles del bosque.