Caricias

El fantasma de sus caricias aún estaba vivo en ella. Sabía que no era el viento, ni la melancolía, ni tan siquiera unos recuerdos tan poderosos que se volvían reales: simplemente su amor aún seguía allí, pasados los años, y seguiría muchos más, cuando su piel suave y tersa se volviera arrugada y marchita, cuando la calidez se tornara hielo y cuando sus enormes ojos se hundieran en sus cuencas cegándola del triste mundo que la rodeaba y la había dejado sola. Porque no, no había suficiente comprensión en el mundo, ni consuelo alguno, ni palabras cariñosas que la ayudaran a olvidar aquellas dulces caricias.

Sus dedos entrelazándose entre los mechones de su pelo.

Las falanges rozando su cuero cabelludo.

Sus cálidas manos rozándole el cuello.

Y sin necesidad de decir un solo “te quiero”.

Y aunque su cuerpo permaneciera frío bajo tierra desde hacía una eternidad, ella le seguía amando, recordando a cada instante. Cada ínfimo segundo se le hacía duro perdido en su recuerdo, pero ya ni el de su rostro, ni el de su nombre, ni el de su sonrisa… Sólo sus manos. Se dejó llevar entre los susurros del aire, clamando tras una única lágrima silenciosa compasión al universo, rezando y rezando volver a sentir el calor de sus manos una última vez.

Pero ya no había nada.

Y en nada se convirtió, sólo recordando sus caricias mientras sonreía y desaparecía.

Forgive Me (I)

Vuelta al blog después de unos días en el extranjero. Ésta es la primera parte del relato Forgive me, nacida con The Last Time de Within Temptation de fondo.

Saludos.

Parte I

Hacía tan solo unos instantes que se había adentrado en las profundidades del bosque, pero se sentía como si llevara allí millones de estaciones. El poco calor que le otorgaba el otoño ya se estaba extinguiendo junto con la luz del atardecer, palideciendo su piel en aquel instante dorada. Se le hacía todo tan eterno como su tiempo de esclavitud y servidumbre para con su señor. Pero, como la luz de aquel fatídico día, todo acabaría pronto.

Llegó al arroyo sin ningún tipo de problema, sin que nadie la descubriera por el camino. Aquel pequeño cuya localización llevaba escondida en su memoria desde su niñez nunca había sido visitado por nadie excepto por ella misma, quien se ocultaba para dar rienda suelta a las fantasías más oscuras de su alma salpicando sus pequeños pies en el agua o dejando su cuerpo rodar por la fina hierba.

“Nadie más que yo lo ha visitado… al menos, no en vida…”

Se arrodilló entre unas rocas cerca de la orilla que iban siendo salpicadas por el agua dulcemente, rebotando reflejos anaranjados del sol. Fijó su mirada primero en las ondas, meciéndose por doquier para desaparecer rotas por alguna roca que lograba superar la profundidad del agua del río, destrozándose en unos pedazos cristalinos inalcanzables para la mano de un humano, fundiéndose con el agua para volver a transformarse en nuevas ondas que se despedazarían… y donde cayeron las últimas gotas de agua dorada, profundizó más y contempló, con la misma expresión perdida, el rostro pálido y húmedo de sus progenitores.

“Cuanto tiempo lleváis aquí, conservados por el influjo mágico de estas aguas…”

Vio una flor flotar sobre la superficie del agua, blanca como pureza material, que se deslizó hasta llegar sobre el rostro de su madre. Aquella presencia etérea mezclada con aquel toque místico daba la sensación de querer transmitirle un mensaje. Intentó acariciar la superficie del agua con la yema de sus dedos, pero estos temblaban a causa del miedo de lo que podrían llegar a encontrarse bajo las aguas… y por el respeto hacia sus difuntos padres.

“¿Qué ocurrirá si intento tocaros…?”

Introdujo sus dedos con lentitud, intentando apartar el pensamiento de profanación de su mente. Hacía tanto tiempo que aquellos cadáveres habían permanecido allí, que incluso a ella se le antojaba fantástica su propia conservación.  Se preguntaba si, al tocarlos, simplemente notaría su tacto húmedo, o si se desharían como una simple ilusión.

“Madre… padre…”

La piel de su madre se difuminó en el agua durante un instante, y luego volvió a la normalidad. Para ella había sido simplemente como seguir introduciendo la mano en el agua, una gota más entre millones de millones. La sacó lentamente, viendo sus dedos gotear como si se estuvieran deshaciendo sobre la superficie dorada. Cada gota se le asemejaba a un recuerdo, lejano, distante, borroso a causa del tiempo.

“Sois la cruz que porta mi alma” pensó “. Mi estigma corrupto…”