El fondo de la botella

Ya ni sabía por qué copa iba ya. El sabor del whisky barato le había acompañado durante tantas horas que era incapaz de recordar el de su propia boca, ni siquiera el de los incontables puros que se había fumado. ¿Por qué, por qué sentía aquella necesidad imperiosa de engullir una botella tras otra de forma tan desmedida? ¿Por qué tenía la vana esperanza de que en el fondo de aquella bomba mortal encontraría las respuestas que tanto ansiaba, el descanso para una vida torturada a base del dolor, la pérdida y la soledad? De acuerdo, el universo había sido cruel con él, horrible y despiadado, pero era uno de aquellos hombres a los que les gustaba vanagloriarse en sus incontables desgracias, aferrarse a la primera excusa para autolamentarse y convertirse en un ser todavía más patético y lamentable.

Tal vez sólo buscaba la muerte, una muerte lenta y bochornosa, del mismo modo que él lo había sido toda su vida. Peor que un insecto, sólo tenía ya el recuerdo de pasar de borrachera en borrachera noche sí, noche también. Y no llegaba el día en que no volviera a despertar de su sillón deshilachado, podrido y carcomido por la humedad. Así llevaba años, deseando que un día sus ojos no pudieran abrirse nunca más.

“Oh, mi niña. Si estuvieras aquí, papi no estaría haciendo esto…”

No le quedaba ya motivo alguno para vivir, pero no podía ni recordar el rostro de aquella por la que hubiera respirado a pesar de todas las penurias del mundo. Ya ni eso, ni el recuerdo imborrable de algo bello y hermoso, sólo manchas en el aire cada día más difusas tras botella y botella. Sólo deseaba dormir… y morir.

“¿Cuál era tu nombre, pequeña…?”

Qué más daba. Ella ya no estaba, de la misma forma en la que ya no estaba él. Sólo era un reflejo borroso tras el sucio vaso que le sustentaba desde hacía años, sin nombre ni rostro, sin familia, amigos, amor… nada. Sólo le quedaba su asquerosa botella, noche tras noche, hasta que pudiera morir en la más detestable oscuridad.

Se llenó otro vaso, y siguió bebiendo.

Tierra

Jamás serás capaz de tocar el cielo con esas manos.

Tú, que duermes en el profundo letargo de la noche, en una oscuridad perenne e inmortal. Tú, que permaneces tan sólo en la más larga de las epifanías, en una larga ópera sin acto final. Tú, que jamás has visto el mundo en su gran majestuosidad, en su señorial presencia ni te has perdido en su cálido abrazo…

Jamás serás capaz de tocar el cielo con esas manos.

Pero, ¿qué tiene eso de malo, mundano humano? Vuestra carne jamás fue concebida para otra cosa, ni vuestra sangre para latir más allá de donde os reclaman los latidos de vuestro corazón. Pobre, pobre y desdichado diablo… ¿Por qué renegar, por qué rechazar algo tan bello y hermoso, a pesar de ser caduco a la cruel mano arrugada y decrépita del tiempo? Sueña, sueña cuanto gustes. Ten ambiciones, ten metas y objetivos, pero jamás reniegues de lo bello de tu nacimiento, de tu origen o de tu tierra… Esa tierra en la que yace tu cuerpo semienterrado, con el rostro, el pecho y los brazos en el aire, para que aún puedas soñar con que la suave brisa que te acaricia puede darte algo más. Algo bello, hermoso y eterno en tu alma mortal. Acaríciala, hazle el amor, abrázala y ámala por siempre… Porque el cielo jamás llorará tu nombre, pero a ella volverás en el más leve suspiro de la eternidad.

Jamás serás capaz de tocar el cielo con esas manos.

Deseo

Sólo necesitaba un poco más de carmín.

Estaba prácticamente lista: había pasado las dos últimas horas acicalándose, lavándose y depilándose, cepillando sus abundantes rizos rojos de manera que cada movimiento incitara a los más oscuros deseos de un hombre, perfumándose hasta dejar una ráfaga almizclada allá por donde pasara, eligiendo la lencería más provocativa y el vestido más ceñido y sinuoso que encontrara en su armario. Y se había maquillado delicadamente ante el espejo como si se tratara de un ritual religioso, el más sagrado que había para una mujer como ella: cada pincelada en sus ojos le otorgaba la visión de escenas lascivas que se ocurrirían en tan sólo unas horas, cada uña pintada de rojo era un gemido de placer que resonaba en su mente con el eco más profundo, cada toque de colorete era una gota de sudor que recorrería sus pechos perdidos en el inminente orgasmo…

Sólo necesitaba un poco más de carmín.

Porque eso es lo que era ella, la representación del pecado original hecho carne y deseo, sangre hirviendo por las venas de los hombres y mujeres, una imagen tan lujuriosa que sólo podía encontrarse en los recovecos más profundos y ocultos de la mente del ser humano. No tenía nombre, ni edad, ni tierra, sólo veneno en la racionalidad de la mente del animal más fuerte. Maquilló sus labios despacio, casi con veneración, excitándose sólo con la similitud de lo que acontecería aquella noche, con el color de la sangre en su rostro. Sí, eso es lo que deseaba más que nada, pasar como una fantasía etérea en la piel de sus amantes y desvanecerse en la noche, difuminada entre los sueños y la realidad. No necesitaba amistad, no necesitaba amor… Sólo una noche de placer más para recordarse que ella era la llama eterna de la lujuria.

Y si le preguntaban, no tenía nombre alguno.

Sólo Deseo.

Sólo necesitaba un poco más de carmín.

Sentido

He sentido el acero de tus dedos rasgando lo más profundo de mi alma.

He sentido el hierro de tus uñas arañar la fina armadura de mi piel y bañarse en la sangre con la satisfacción propia que produce el dolor ajeno.

He sentido el titanio de las yemas de tus dedos acariciar la carne como la reina de la lascivia, sonriendo ante la desesperación y el dolor de mi inmundo ser humano.

He sentido el plomo de tus falanges tocar mis huesos convertidos en polvo ante el dolor, la impotencia y la agonía de mi pobre y desdichada alma.

He sentido toda la frialdad de tu pobre y solitario corazón tocar el mío, agarrarlo como un juguete roto y apretar, despacio, muy despacio, gozando de la sensación de destruir y convertirme en un amasijo de nada, una hija sin padre ni madre, una pobre niña sin nombre.

Sabiéndome tuya, antes, ahora y después.

He sentido uranio donde antes tenía alma; cobre donde antes tenía vida… y vacío donde yacía mi maldito corazón, aquel niño sin edad alimentado de sueños y esperanzas donde lo era todo y ahora ya no es nada. Porque nada, ya no hay ni habrá nada donde hasta mi sangre hervía y palpitaba: ni el dulce calor del verano, ni el cruel frío del invierno; ni la suavidad de una caricia, ni el dolor de una puñalada; ni amor, ni odio… nada.

Y aquí yazco, en un vacío que lo es todo y a la vez es nada, mientras sigues alimentándote de mi pequeño corazón cual lobo despiadado descuartizando la oveja más débil del rebaño, riendo y aullando a la luna mientras mis ojos se pierden en la inmensidad del infinito, ojos que lo ven todo y a la vez no ven nada. Mi cuerpo puede volver a la tierra, sin dientes, carne o huesos, siendo parte de una vida más placentera de la que tuve, pero no de la que fue soñada. Mas mi alma, despedazada en miles de fragmentos, se encontrará perdida eternamente en el viento, en las agujas de los pinos, en las raíces más antiguas que el propio ser humano, en cada guijarro y cada gota de lluvia. Que busque el siguiente entonces: yo dormiré, sí, dormiré en un letargo eterno, sin dolor ni pasión, sin odio y sin amor, sin decepciones ni esperanzas… Hasta el mismo día en que recuerde mi nombre y alguien me alimente con su propio corazón arrancado del pecho con sus propias manos, ofreciendo en sacrificio aquello que los propios y necios humanos solemos llamar “amor”…

He sentido el fuego de tu alma en la mía como una sola…

Y ahora ya no sentiré… nunca más.