Tierra

Jamás serás capaz de tocar el cielo con esas manos.

Tú, que duermes en el profundo letargo de la noche, en una oscuridad perenne e inmortal. Tú, que permaneces tan sólo en la más larga de las epifanías, en una larga ópera sin acto final. Tú, que jamás has visto el mundo en su gran majestuosidad, en su señorial presencia ni te has perdido en su cálido abrazo…

Jamás serás capaz de tocar el cielo con esas manos.

Pero, ¿qué tiene eso de malo, mundano humano? Vuestra carne jamás fue concebida para otra cosa, ni vuestra sangre para latir más allá de donde os reclaman los latidos de vuestro corazón. Pobre, pobre y desdichado diablo… ¿Por qué renegar, por qué rechazar algo tan bello y hermoso, a pesar de ser caduco a la cruel mano arrugada y decrépita del tiempo? Sueña, sueña cuanto gustes. Ten ambiciones, ten metas y objetivos, pero jamás reniegues de lo bello de tu nacimiento, de tu origen o de tu tierra… Esa tierra en la que yace tu cuerpo semienterrado, con el rostro, el pecho y los brazos en el aire, para que aún puedas soñar con que la suave brisa que te acaricia puede darte algo más. Algo bello, hermoso y eterno en tu alma mortal. Acaríciala, hazle el amor, abrázala y ámala por siempre… Porque el cielo jamás llorará tu nombre, pero a ella volverás en el más leve suspiro de la eternidad.

Jamás serás capaz de tocar el cielo con esas manos.

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