Planeta Infierno

Buenas a todos. He recuperado esta pequeña reliquia que tenía olvidada desde hacía algún tiempo pero, por cosas del destino, he vuelto a releer hoy después de mucho y mucho tiempo. Os dejo este pequeño relato para que lo disfrutéis vosotros también.

Saludos!

Todo retumbaba. El chico corrió por la tierra árida cubierta de ébano, desesperado por encontrar a alguien que pudiera detener aquel desastre. Las montañas negras que se alzaban en la lejanía estaban cubiertas de nubes oscuras, del mismo color que las rocas que se interponían en su frenética carrera. La falta de aliento le provocaba pinchazos en el pecho, incrementando su desesperación como un torrente desbordado. El mundo se precipitaba a su destrucción, y él estaba solo.

 

Fuego de azabache.

 

La tierra tembló con más fuerza, con tal intensidad que el chico se detuvo y su cubrió el rostro con los brazos. La temperatura había subido de manera desbordante. Una explosión tronó ante él, elevando las rocas por los aires, que fueron precedidas por torrentes de lava que se desperdigaron por la tierra. Y luego otra, y otra, y otra más. El cielo en seguida adoptó un tono rojizo mientras todo el paisaje era bañado por el fuego líquido. El muchacho intentó huir, pero estaba rodeado. Fue entonces cuando la vio.

 

El único pilar hecho de rocas negras que las llamas no podían alcanzar se cernía a su derecha, burlándose de las montañas. Sobre él se encontraba una mujer sumamente bella, de cabellos más oscuros que el cielo y tez más blanca que la olvidada nieve. Se encontraba de pie, con los ojos cerrados, ondeando los brazos hacia el cielo como si practicara una última danza, mientras su vestido negro bailaba con ella. A cada movimiento que ella hacía, surgía una nueva explosión de la tierra. Pero el chico no podía apartar los ojos de ella, viéndola bailar.

 

Dama de ébano.

 

Llegaron entonces las lluvias de fuego; enormes llamas rojas empezaron a caer de los cielos al son del baile de la mujer, que no parecía darse cuenta de lo que ocurría. El fuego que caía engullía la tierra que la lava no podía devorar con su ansia desmedida, aniquilando toda mínima esperanza de vida. El cabello negro ondeaba incluso más fluido que las llamas, moviéndose por doquier como un viento hecho de oscuridad y de ébano. La piel blanca parecía tornarse roja, y sus labios carnosos suculentos manjares intocables. Aquella dama era la personificación del deseo en un mundo ya condenado.

 

Pecado oscuro.

 

La dama, todavía sin abrir los ojos y con una mueca de placer, alzó los brazos al cielo, intentando agarrar un algo inexistente. Poco a poco separó sus labios, y desde el fondo de su garganta empezaron a surgir notas claras que hechizaron el fuego, obligándolo a bailar sinuosamente como ella. De la oscuridad que la envolvía sólo podía distinguirse su sinuosa piel. Y esa clara voz se tornó clara y poderosa, acrecentando el caos a su alrededor.

 

“Canta…” pensó el muchacho “. Canta el fin del mundo”.

 

La dama bailó todavía con más énfasis, como si un espíritu maldito se hubiera apoderado de su cuerpo. La voz se alzó por encima de los chillidos de la lluvia de fuego, perforando las entrañas de la tierra y consumiéndola como un dulce veneno. Aquella mujer, aquella criatura maldita, era la perdición del mundo que el muchacho conocía. Sin embargo, no podía dejar de mirarla bailar.

 

Deseo negro.

 

Fue entonces cuando abrió los ojos: sus pupilas eran fuego, mucho más rojo e intenso que aquél que descendía de los cielos y que aquél que ascendía de la tierra. Se volvió a toda velocidad hacia el muchacho, deteniendo su baile y su danza ante una criatura aterrada. Aquellos ojos eran peligrosamente seductores, hijos de la lujuria y la carne. Antes de que se diera cuenta, la dama estaba ante él, agarrándole el rostro con ambas manos suavemente y levitando. El chico tragó saliva, intentando reprimir el incontrolable deseo que le producía aquella mujer. Ésta separó sus labios y sólo dijo una cosa:

 

“Bienvenido a las profundidades de mi Planeta Infierno”.

 

Todo estalló entonces. Las rocas alrededor del chico volaron por los aires, creando innumerables fuentes de lava que en seguida se convirtieron en una celda de fuego incandescente. El muchacho se cubrió el rostro, sobrecogido por las altas temperaturas. Su muerte estaba cercana.

 

El chico abrió los ojos, cayendo en al cuenta de que la dama había desaparecido. La vislumbró fuera del círculo, observándole como una diosa de la oscuridad. Atemorizado, observó cómo de la espalda de la dama surgían unas alas gigantescas hechas de huesos blancos, que luego ardieron en llamas. La mujer se elevó hasta el pilar de roca negra y se volvió hacia él, observándole desde las alturas como un vulgar insecto. Desde la tierra, el muchacho observó a la dama, inalcanzable, rodeada por aquel infierno en llamas. Entonces ella sonrió por primera y última vez, mostrando una mueca dominada por la locura y la satisfacción.

 

“Bienvenido a la tierra de los hombres”.

 

Y, entre gritos de agonía y carcajadas de locura, nació el Planeta Infierno.

 

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