Amada embalsamada, loba blanca

Hola a todos. Después de tiempo y tiempo sin publicar, vuelvo con un relato con una colaboración del mismísimo Jack Mircala. No tengo palabras para expresar el agradecimiento y la ilusión de tener esta pequeña obra en el blog de tan grandísimo artista, así que ¡disfrutadla!

 

Escuché los gritos en la noche, pensando que eras tú. ¿Quién iba a creer, tras largos y largos años de soledad, que tu figura se presentaría tan irreal como la misma bruma nocturna?

Paseaba entre mis dedos la cuerda, finamente trenzada, pensando lo mismo de cada noche una vez más. No, no encontraba el valor, ni la fuerza necesaria de esos gigantes de la antigua literatura, ni la entereza suficiente como para reunirme contigo. Mi amada, mi ángel, si tan siquiera tuviera el valor suficiente durante unos instantes, unos únicos segundos…

Y volví a escuchar esos gritos. Me levanté despacio, recorriendo los olvidados pasadizos de mi vieja mansión, pensativo. No sabía el tiempo que había pasado ya, cada noche emulando tu rostro imperecedero, grandioso, como a una antigua diosa de la mitología, de aquellos cuentos olvidados que ya ni tan siquiera se leen a los niños antes de dormir. Sólo mi recuerdo te mantenía viva, bella, etérea, virginal como lo habías sido en vida… y también en la muerte.

Los gritos una vez más mientras habría las grandes puertas de roble que daban a tu estancia. Allí, rodeada de la luz tenue de las velas, tu cuerpo embalsamado erigiéndose sobre mí, en un altar creado de madera, piedra y amor enfermizo. Seguías siendo tan hermosa, tan pura… Y yo, tu único espectador y visitante, desolado entre los gritos de los animales de la noche.

Entonces apareciste. No tu espíritu flotante, ni tu alma errante entre los pliegues de las cortinas de satén, ni siquiera entre tu cadáver conservado sólo para mi disfrute, sino entre los siseos del viento nocturno, cuando dicen que las brujas se levantan para cantarle a los demonios. Pero no, no fue eso lo que escuché, sino tu dulce voz susurrándome a través de un silencio mudo e inexistente, en mi cabeza como la muestra más ferviente de mi locura. Y aquella criatura…

Me volví al escuchar sus tímidos pasos. Un hermoso lobo completamente blanco, de grandes patas y ojos oscuros, iguales a los tuyos, acercándose lentamente a mí. Me arrodillé ante él, dejando caer la soga al suelo, llorando como un niño desconsolado. Y sí, vi tu alma en él, en sus ojos brillantes y fogosos, narrándome viejas historias de amor como lo hacías en su día. Mi vida, querida mía… nadie podría relatar en aquel momento lo terribles que eran mis sollozos desconsolados al sentirte tan cercana y a la vez tan lejana. Se acercó a mí, lamiendo mis lágrimas con la misma ternura que una madre a su pequeño. Sentí tanto calor, tanto afecto y amor…

-Déjame unirme a ti, ahora y por siempre.

Apenas recuerdo nada más. Sus colmillos perforando lentamente mi cuello, la sangre cayendo despacio, la calidez de mi último aliento… No sentí dolor, ni pena, ni rencor, sólo un alivio y una felicidad inexplicables antes de dejar de percibir nada a mi alrededor. Y sus ojos, sus bellos ojos como los tuyos, llorando igual que yo.

Me reencarné junto a él, amparado por la noche. En una criatura triste y solitaria, mundana a los ojos de los hombres. Pero ¡oh, querida! Cuán feliz me sentí al despertar junto a ti, en lo más profundo de los bosques, donde ni siquiera la muerte había sido capaz de separarnos. Nuestros cuerpos caducos permanecerán hasta convertirse en polvo en los recovecos de una antigua mansión, pero nuestras almas yacerán intocables de aquí a la eternidad.

Como esas pequeñas lágrimas y los sollozos en la noche.

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