Reflejo de una noche

Cepilló sus cabellos rojos con calma, mirando a ninguna parte, con los pensamientos enredados en un sinfín de recuerdos que hacía milenios que no se habían convertido en más que pequeños hilos en una inmensa telaraña que representaba los momentos de su vida. Recordaba las veces que le habían dicho cuán hermosa era, lo suave que era el tacto de su piel, lo sensuales que eran sus formas helenísticas, lo suculentos que parecían sus labios carmesíes, lo brillante que era su pelo rojo como el fuego… Había llegado a contemplarse durante largas horas en el espejo, maravillada por sus propias facciones, enamorada de ella misma como el propio Narciso.

Y, como a Narciso, muchos la habían deseado, hasta que se topó con alguien que la deseó bajo cualquier precio, una fuerza sobrenatural que la convirtió durante siglos en algo muchísimo más bello de lo que podría haber llegado a ser jamás, algo imperecedero a ojos de aquellos en los que había logrado levantar pasiones.

Pero jamás logró volver a contemplarse en un espejo. Ahora lo único que le quedaba era cepillarse sus bellos cabellos rojos, esperando a encontrarse con alguien que enloqueciera por ella, antes de llevarse un nuevo bocado que la mantuviera hermosa una noche más.

La vampira dejó el cepillo, contemplando un reflejo inexistente en su enorme tocador. Rió, enloquecida. “Si así debe ser, seré el Narciso de los tiempos modernos, alzándome como la más seductora de las flores entre las aguas sangrientas de mis víctimas nocturnas”.

“Y jamás podré volver a contemplar mi rostro”.

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