Padre

Nuevo relato, algo diferente al resto y de una única entrada también. Éste fue concebido con Chop Suey de System of a Down de fondo, espero que os guste.

Saludos.

 

Una mujer, una pobre y desdichada mujer llorando al fondo de una habitación pequeña, oscura y sombría. De rodillas junto a su lecho, con la cabeza escondida entre las manos, el pelo cayendo en mechones lacios sobre su rostro ya arrugado, con los dedos como garras afiladas y hurañas, entumecidas por el tiempo y el dolor, apenas iluminado su raquítico cuerpo, enjuto y marchito por culpa de la vejez imperdonable, por la luz que venía del exterior, de aquel mundo de luces y colores tan bellas que la hacían a ella, despojo de la belleza humana, un ser infecto más horroroso de lo que ya la condenaba aquél que amaba. Porque el resto del mundo, a diferencia de ella, había evolucionado segundo tras segundo en algo más bello, fuerte e imperecedero. Ella, sin embargo, era algo más caduco que las flores de verano.

Tenía miedo; su mundo se había transformado en una esfera de terror incesable que no se detenía ni siquiera ante sus llantos de desgraciada, ni ante sus lágrimas ácidas ni sus gritos desgarradores. Temía la luz del Sol por mostrar las debilidades de su cuerpo, temía el calor humano, pues no hacía más que recordarle con su sola presencia cuán inmunda era ella, pero sobre todo odiaba el anochecer, porque era cuando él la acechaba, cuando la dominaba bajo la furia de sus puños.

Oyó la puerta, le oyó entrar. Se encogió más de pavor y de miedo, pues sabía cuán fuerte era el odio de ese hombre. Antaño fue la criatura más bella, más dulce, más conmovedora y más bondadosa del mundo. ¿Cómo imaginar que algo tan puro se convertiría en la mayor de sus maldiciones?

Una plegaria muda apareció entonces en su mente, algo insólito que jamás había ocurrido; intentó rezar a un Dios, a un ente imaginario de su memoria que pudiera ayudarla y salvarla de aquel Infierno particular que la estaba trastocando. Unas palabras vinieron a su mente como traídas por aquella fantasía embriagadora.

“Suplica, hija mía, pero solamente tus propias manos pueden llevarte a la salvación. Encomiéndate a mí, a mi fe y a mis creencias, y yo te otorgaré esa fuerza y esa decisión”.

“Padre…” pensó, recibiendo un golpe que la lanzó contra la pared.

“Encomiéndate”.

“Padre…”

“A mis brazos, hija mía”.

“Padre…padre…”

“Yo te daré la fe”.

“A ti encomiendo mi espíritu…por los siglos de los siglos…”

“En el momento en que los ángeles merezcan morir”.

“Padre…te encomiendo mi alma…”

“Cuando el último ángel muera…”

“Padre…”

“Tú serás condenada al Infierno”

La mujer, con una fuerza que no hubiera reconocido suya ni en sus años de juventud, se levantó airosa del suelo, donde su sangre fresca caía creando el charco de su impotencia, y se encaró a él. El otro, confundido, no tuvo tiempo de reaccionar, sólo pudo quedarse mirando a su pobre y desdichada víctima con una mueca de estupidez latente. La mujer, renovada por las fuerzas de su Dios, agarró al hombre y, en un acto de desesperación, lo empujó contra la ventana abierta. Éste, todavía con la sorpresa correteando entre sus venas, no comprendió lo que ocurría, pero el intento de aferrarse a la vida supera a los instintos; desesperado, se agarró a la mujer que, aunque sorprendida, no intentó ofrecer resistencia y se dejó llevar, dejando escapar una única lágrima por sus ojos cerrados. Cayó ligera, cual pluma de paloma al vacío, ignorando el dolor futuro, ese fin inevitable que se sucedería en tan sólo unos segundos. Recordó las palabras evocadas hacía un instante en su cabeza.

“Cuando el último de los ángeles muera, tú serás condenada al Infierno”.

“Dios, mi Dios; sólo rezo para que, a diferencia de la tierra de los hombres, los cielos no estén plagados de almas corruptas como la suya o la mía”.

Ambos cayeron, chocando en el suelo él con estrépito, ella casi insonora. En el rostro de aquella mujer ya no había miedo, ni congoja, ni pánico: la expresión dulce de su cara, calma y relajada le otorgaba una paz indescriptible, única. Incluso muerta unos instantes antes, en su mente siguió rezando.

“Padre, a ti encomiendo mi alma…padre…”

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Un comentario el “Padre

  1. Alan Rulf dice:

    ¡Excelente!

    Puede parecer que no le sirvió de mucho… o tal vez sí. Al fin y al cabo, terminó su pesadilla… ¿para empezar una peor?

    ¡Quién sabe…!

    Saludos.

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