Condena Roja (II)

 

Segunda y última parte del relato. Éste lo escribí con la canción I wish I had an angel de Nightwish de fondo, se me olvidó comentarlo en el anterior post.

Saludos.

Parte II

El lobo huyó entonces, dejando a la doncella con una fe quebrantada. “Yo saldré de este bosque, pues Dios me ama y no me abandonará aquí”. Y la doncella emprendió la marcha, entonando de nuevo su sombría canción. Fue entonces cuando oyó pasos tras ella, rompiendo las hojas del camino para no dejar ningún rastro de su existencia. La doncella se volvió con su gracia natural, observando la figura de un hombre alto y misterioso,  cuyos ojos las sombras de los árboles no dejaban ver. “¿Quién sois vos, extraño viajero, que no mostráis vuestro rostro y lo ocultáis bajo las sombras de este bosque? Mostraos para que pueda conoceros y atravesar juntos este lugar”. “Cuánto lo lamento, doncella, pero no voy a mostraros mi rostro, pues los demonios no se rebelan mientras le llevan un alma a su amo y señor. Vengo a quitaros la vida para que sea sólo mía, pues nadie merece la pureza de vuestra alma más que yo”.

Y Caperucita vio su muerte en el bosque.

La doncella dio media vuelta e intentó huir, rogando a su amado Dios que protegiese a un alma tan servidora como la suya. Su capucha roja se desprendió de su cuello, abrazando las ramas negras de aquellos árboles de la misma forma en la que pronto lo haría su sangre. Pronto su alma se reuniría con las de aquellas brujas de la canción, las cuales adoraban a una criatura maléfica que la haría sufrir por toda la eternidad. “A los herejes enviaremos, oh sí, enviaremos, a las profundidades del Infierno, donde Dios no pueda oírlos, oírlos, oírlos…” Sus lágrimas transparentes se elevaron en el aire, hacia el lugar donde ella no podría ir jamás. Porque su Señor la había condenado como a las brujas de aquella canción. Una mano la agarró entonces y la lanzó al suelo, de donde sus bucles dorados no se elevarían jamás, donde la cestita tan preciada cayó por siempre. Vio los ojos del cazador, brillando como las llamas del Infierno que reflejaban las notas de su canción. “A las profundidades del Infierno, oh sí, del Infierno…”

Y Caperucita rogó por su alma en el bosque.

Entonces el lobo se lanzó sobre el cazador, atacando como una bestia del Averno. El cazador luchó durante unos instantes, pero luego cayó muerto al suelo, mientras su alma descendía junto a su único señor. El lobo se volvió hacia la doncella, bañado en el color de su capucha perdida. Se acercó lentamente para oler los bucles dorados que acariciaban el suelo infecto, aquel suelo en el que sólo habían caminado demonios y brujas. “Oh hermosa doncella, las notas de vuestra canción no pudieron preveniros del peligro que acechaba a vuestra sombra. A pesar de que seguiréis viviendo en mi lugar, las palabras que os dije no pueden ser cambiadas”. Y la doncella acarició el rostro de la criatura, manchando sus blancas manos del color escarlata. Allí agarró la cabeza del animal y lloró, lloró por un alma que jamás querrían ni en el Cielo ni en el Infierno, eso hizo la doncella cantarina. Pues Dios la había abandonado, y pronto se reuniría con las brujas de las canciones.

Y Caperucita permaneció por toda la eternidad en el bosque.

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