Condena Roja (I)

Mi propia versión del cuento de la Caperucita Roja, algo más tenebroso y enfocado hacia adultos. Ésta es la primera parte del relato, espero que os guste.

Parte I

Y Caperucita caminaba por el bosque.

Cantando canciones olvidadas por los hombres, con una vocecilla aguda incluso para la edad entrada de la doncella, en un bosque donde poco a poco las notas se van perdiendo para no encontrar la libertad jamás. Una letra escalofriante, sin significado en los labios de una muchacha que apenas ha cumplido los 16 años: “Porque a las brujas quemaremos, oh sí, quemaremos, mientras sus gritos de agonía se elevan en el aire…” Un alma pura en un rincón dominado por la oscuridad, una juventud recién florecida en un averno en el que sólo existe la vejez.

Y Caperucita cantaba por el bosque.

Los bucles dorados de la doncella acariciaron el aire impío que la rodeaba, contaminando su inmaculada pureza. Su piel blanca contrastaba con la oscuridad del lugar, incluso sus rosadas mejillas, cuyo color en ese lugar sólo tenía un parecido próximo al de la sangre de las criaturas que habían caído en las hambrientas fauces de las bestias.  Sus labios claros no dejaban de entonar aquella extraña canción, mientras su pequeño cuerpo subía y bajaba para seguir cantando: “Y cuando sus cuerpos no sean más que cenizas, oh sí, cenizas, a los brazos de Satanás acudirán para llorar, llorar, llorar…”

Y Caperucita brincaba por el bosque.

Los árboles negros que se cernían a los extremos del camino parecían traerle sin importancia. Se elevaban para atar un cielo ocre, carente de vida con sus gruesas ramas, negras y retorcidas como almas intentando huir del mismo Infierno. A sus pies sólo había hojas muertas que crujían bajo sus pies, que brincaban alegremente, y algún escarabajo asustado por las almas que reinaban en aquel lugar. El horizonte inacabable que había ante ella sólo mostraba un futuro negro y doloroso, pero la doncella parecía no verlo. Sólo se preocupaba de que la cestita que balanceaba alegremente en su mano derecha no volcara su contenido mientras entonaba aquella lúgubre canción: “A los herejes enviaremos, oh sí, enviaremos, a las profundidades del Infierno, donde Dios no pueda oírlos, oírlos, oírlos…”

Y Caperucita bailaba en el bosque.

Lentamente las notas fueron apagándose en su garganta, pues la sorpresa de ver a un nuevo visitante era más interesante. Una criatura, cubierta de pelo oscuro y ojos todavía más oscuros la observaba con curiosidad desde el principio del camino ante ella. La doncella miró al animal, intrigada, sin saber que aquella criatura era un símbolo de los condenados de su canción. “Pequeño animal que moras en el bosque, ¿acaso has oído mi canción y, conmovido por la justicia de Dios, deseas conseguir la salvación a través de las notas de mi canción? No seas tímido pues, yo te enseñaré a elevar tu voz hasta donde aquél mora”. “No deseo aprender tu canción, pues aquellos como yo no pueden entrar donde los ángeles duermen embriagados por la bondad de doncellas como tú” habló el lobo “, pero la curiosidad me obliga a preguntarte qué llevas en esa cestita”. “La merienda para mi abuela, a la que Dios ya no le concede buena salud para que pronto cante junto a él. Puedes venir conmigo, pequeña criaturita, pues no creo que al Señor le moleste una presencia como la tuya”. “No, pequeña doncella, yo no iré contigo, puesto que no se me permite ayudar a los humanos. Pero te diré algo, princesa de bucles dorados: tú no saldrás jamás de este bosque”.

Y Caperucita quedaba condenada a los árboles del bosque.

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