La Bella y la Bestia (II)

Parte II

Ya han llegado. Bestias furiosas armadas de hoces y antorchas con los ojos inyectados en sangre y rabiosos cuales bestias emergiendo de las profundidades del Infierno. Nos abrazamos, asustados, sabiendo que no podemos hacer nada. Nuestras miradas se cruzan una última vez, diciendo todo lo que es imposible expresar con palabras. Te quiero tanto y, sin embargo, soy incapaz de salvarte…

Una lanza surca el aire, el azote final, la sentencia de muerte. Pero yo no puedo. Te aparto y, en el último instante, te cubro y nos atraviesa a ambos por completo. Es extraño, pero no siento nada: ni dolor, ni agonía, nada, sólo un extraño vacío en mi interior. Lentamente caigo sobre ti, sobre tu cuerpo frío, casi extinto de vida. Lágrimas silenciosas resbalan por mis mejillas para caer sobre tu rostro. Son como una misa de réquiem que nos bendice, liberándonos de todos nuestros pecados cometidos en vida. Son mi disculpa por no haber podido salvarte, por morir unos segundos antes que tú. Nuestra sangre se mezcla en el suelo transparente como el agua de un río que cae en el cauce del mar, al mismo tiempo que se funden nuestras almas. Contemplo tu rostro, en el que ya soy incapaz de ver aquella criatura que los demás han visto y han odiado,; tu rostro ahora es humano, como debía haber sido en tu nacimiento, y es el rostro más hermoso que jamás haya podido contemplar. Tus ojos son pozos negros de candor y ternura, incapaces de expresar ahora algo más que no sea pena y tristeza. Tu cuerpo también es humano ahora, el de un joven vigoroso que hubiera podido casarse conmigo y haberme protegido de otro modo. Acaricias mis mejillas y mis cabellos a modo de disculpa, pero tú no tienes la culpa de nada. Aquí, en mi campanario de cristal, al son de una campana que llorará por nosotros, contemplo al auténtico ser que he sido capaz de amar y que sólo yo he podido ver, la auténtica belleza en el interior de la bestia. Sé que años atrás transmitirán estos aldeanos mi historia, y dirán: los últimos pensamientos de la chica fueron : “muero por mi locura, porque me he enamorado de un monstruo”, pero todos ellos se equivocarán. Aun ahora, en nuestro último aliento, beso sus labios marchitos, los labios de una criatura a la que sólo yo fui capaz de ver, a la que había más allá de un cuerpo deforme. Morimos ahora, pero nuestros espíritus se fundirán en uno para no volver a separarse jamás, para que nadie que no nos comprenda pueda volver a herirnos. Porque nuestro amor, el amor entre doncella y criatura, es eterno, ahora y por siempre.

Mi pobre bestia, eternamente…

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